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El Bayern, digno heredero del Barça

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Xavi Hernández había desechado el papel de víctima ante la insistencia de la prensa alemana en la víspera de la fatalidad. Su Barça, éste que tanto nos ha flipado a todos, merecía un margen de confianza, ya que seis semifinales consecutivas suponían una coartada bastante creíble. Por momentos, la pregunta que inquietaba en el ambiente, a expensas del estado físico de Messi, no era si los azulgranas estarían a la altura, sino si el Bayern era de verdad esa apisonadora que deforesta todo lo ve delante. El legendario Paul Breitner, hoy directivo del club bávaro, pensaba que la catarata de exageraciones hacía un flaco favor a la estima de los soldados de Jupp Heynckes. Pero nada más lejos de la realidad: el Bayern retó al Barça a una pelea de gigantes contra liliputienses. Ése es el gran mérito que se le atribuye a Heynckes; su monumental bronca a Alaba y Ribery con el resultado favorable constata que ha devuelto a su club la perfección que los alemanes perdieron hace tiempo, quizás desde aquella semifinal del Mundial de Italia 90 entre Alemania e Inglaterra, en la que Gary Lineker soltó para la posteridad que “el fútbol es un deporte de once contra once en el que siempre ganan los alemanes”.

La goleada del Allianz Arena reafirma la hoja de ruta que un grupo de magníficos ex futbolistas se propuso hace tiempo mediante una elegante visión empresarial, una chequera con fondos millonarios (el fichaje sorpresa de Mario Götze) y gente de fútbol extremadamente competitiva, desde los despachos hasta el último suplente del vestuario. Este Bayern aniquila por fútbol, fuerza y, sobre todo, por la obsesión de acabar con la maldición de las finales: la del Camp Nou contra el United fue un sopapo antológico; la del Bernabeu contra el Inter de Mourinho se olía a la legua y el trágico final que Drogba les regaló la pasada temporada con un cabezazo mortal en su propio estadio mitificó el gafe europeo. Quién sabe si Wembley se volverá en otro motivo de guasa, pero la demostración de anoche coloca a estos alemanes como favoritos indiscutibles para el gran público, por encima si cabe del exultante estado anímico de Cristiano Ronaldo. Un colaborador muy cercano a Heynckes aclara que el misterio de la trituradora es un ambiente de piña en el vestuario como jamás se había visto antes. El técnico que parece afable delante de las cámaras, se las gasta y de qué manera de puertas para adentro para imponer su magisterio y, de paso, acabar con luchas absurdas de egos, como la que Ribery y Robben mantuvieron el último año.

“La preocupación del Barça es más el equipo que el resultado”. Aunque suene paradójico, la reflexión del periodista Miguel Rico, de Mundo Deportivo, tiene todo el sentido del mundo. ¿Con qué ánimo festejará el Barça la Liga dentro de unos días? Una Liga que ganó antes de navidades y sólo espera fecha de caducidad. El Milan fue el primero que detectó los síntomas de debilidad azulgrana; el Paris Saint Germain a punto estuvo de corroborarlos. Duele que una goleada tan sonrojante delate las preocupaciones que Guardiola advirtió en su día. Y Messi es el mejor, sí, pero sin un “alta médica” (así lo confesó Zubizarreta antes de ayer) su talento se gripa y su físico peligra. Si hasta el padre de Messi confesó a José María Minguella ayer a mediodía que creía que su hijo no estaba para jugar. El vapuleo psicológico que ha sufrido el grupo cuando se conoció la retirada momentánea de Tito, unido al trasplante de Abidal, han menguado el ritmo competitivo de un equipo del que se intuía cierta complacencia, quizás por la borrachera de títulos de los últimos tiempos. Ni siquiera esta Liga consuela a un Barça acostumbrado a una tendencia arrolladora en la teoría y la práctica, y que está heredando el Bayern a su manera.

Visto desde una atalaya, los interminables elogios de la prensa casi exigían que el Barça fuese perfecto en todas las competiciones; parecía que si no ganaba todo, fracasaba, y eso es muy duro, durísimo en el deporte. Que se lo pregunten al suizo Roger Federer  hasta hace bien poco. Sin embargo, sólo una paliza de tal calibre  podía destapar de una vez por todas los miedos al cambio; vamos, las premoniciones de Guardiola. Al menos, Tito se ha dado cuenta a tiempo que hay que moldear todas las líneas: desde la portería, si Valdés decide escapar antes de tiempo, pasando por centrales nuevos (Hummels, del Dortmund, es el elegido), un lateral derecho que espabile a Dani Alves y, por encima de todos, dos puestos: un sustituto de garantías para que Busquets no se trague más de cincuenta partidos por temporada y un delantero centro, sea clásico rematador o que construya jugadas, da igual, pero al fin y al cabo delantero. Ha quedado claro que el Barça no puede intimidar la jerarquía del Bayern con nueves falsos; tampoco ha surtido efecto contra el Madrid en los últimos clásicos. Los ciclos sólo acaban con cambios drásticos de estilo como le sucede al Madrid cada cierto tiempo o a base de planes renove que tanto le gustaban a Jesús Gil. El Barça debe matizarse a sí mismo, pero ya.

 

 

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