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Camino a la perdición

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“Cuando me preguntan si Michael Sullivan era un buen hombre o, en cambio, no tenía ni una pizca de bondad, siempre doy la misma respuesta; sólo les digo: era mi padre”. Parafraseando la última reflexión del hijo de sicario Tom Hanks en la película Camino a la perdición, el presidente del Real Madrid siempre podrá responder lo mismo ante la marabunta de preguntas que se le viene encima: “¿Mourinho? Era mi entrenador”. Pero a tenor de su discurso durante toda la semana, Florentino Pérez no ha esgrimido ni una sola pega del portugués; al revés, le sigue defendiendo a capa y espada para no reconocer la palabra ‘fracaso’. Fue él quien eligió a Mourinho después de la descorazonadora apuesta de su amigo Valdano por Pellegrini y sólo él debía explicar por qué se ha acabado un trienio tan volcánico. Al menos, el Bernabeu por fin entendió que los fines maquiavélicos del técnico iban arañando poco a poco ese escudo del que tanto presume la actual directiva. La gente quizá hubiese tragado ganar a cualquier precio (la ‘Décima’ habría servido de tabula rasa), pero las tres semifinales fallidas evidencian que The Special One no ha sido tan genuino como sí lo fue en Oporto, Chelsea y, sobre todo, Inter de Milan; y eso que Florentino le dio poderes divinos, más si cabe que los de un presidente que nunca estuvo cuando se le necesitó.

La imagen del desencuentro entre Cristiano Ronaldo y el propio Mourinho instantes antes de la goleada ante Osasuna refleja la degradación que ha sufrido un vestuario en el que los acólitos del entrenador se cuentan con los dedos de una mano. Uno de ellos es Arbeloa, cuyo grito de guerra espartano lo ha llevado hasta las últimas consecuencias a favor de Mourinho y cuyo desahogo público resume a la perfección la descomposición de un grupo que hace tres sí era una piña: “Mou se ha partido la cara por este club y se la han partido (..) Hay algunos que no nos preocupamos de tener buena imagen pública ante la prensa, otros sí”. No da nombres pero en el ambiente flota el reguero de menospreciados que el portugués deja por el camino: Casillas, Pepe o Cristiano cuando era venerado por el cuerpo técnico. Es una lástima que el epílogo de este ciclo acabe con la sensación de gresca continua; así es difícil conjurarse para los títulos, pero son las reminiscencias del ciclón Mourinho. Incluso, el madridismo de la afición y prensa, derivado éste en el maldito periodismo de bufanda, se ha fracturado en una guerra de trincheras entre la llamada ‘yihad mourinhista’ y los defensores del sentido común, ése que habría alineado titular a Casillas en cualquier partido y dejado las tantarantanes públicos de puertas para dentro del vestuario. Al final, quien ha perdido ha sido el club.

Hay quienes intuían un Madrid decadente post-Mourinho. Se equivocan. Es el entrenador quien se ha quedado casi solo, sin apoyos; la mayoría aspira a ser dirigida por un técnico cuyo carisma lo demuestre en las charlas o en los entrenamientos, no delante de las televisiones. El problema es que el presidente fichará a un sustituto con un marrón demasiado grande: ganar la Champions por lo civil o lo criminal, porque un quinto año a dos velas se le puede hacer insoportable a cualquiera, incluido Florentino.  Al fin y al cabo, la entidad necesita volver a funcionar con lógica; es decir, que desde la dirección deportiva (manejada por Zidane) hacia abajo se hable exclusivamente de fútbol y que en los despachos los ejecutivos sigan presumiendo de un músculo financiero incomparable. Sólo de ese modo el Madrid volverá a ser Real.

 

 

 

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