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Ancelotti, el fútbol y los placeres de la vida

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“No estoy preocupado por mi puesto, pero no sé hasta cuando Roman Abramovich mantendrá la paciencia. Obviamente ahora no estará feliz: yo tampoco lo estaría”. Muy pocas veces un entrenador de alto nivel y salario estratosférico se resigna a describir su cruda realidad sin poner objeciones ni excusas baratas. Y en el caso de Carlo Ancelotti, sus declaraciones suelen ser francas y creíbles, dada su apariencia bonachona y afable. No es un tipo que caiga mal al público; al revés, en París aprendió rápido el francés y suele hablarlo para bromear con los periodistas que siguen al Paris Saint Germain. Si Fabio Capello siempre ha alardeado del carácter de Clint Eastwood en El Sargento de Hierro, Carletto busca momentos de hilaridad para cortar la tensión. Así lo demostró en su última rueda de prensa de Champions, cuando en medio de la tormenta de rumores que colocaban a Mourinho en el banquillo parisino, ironizó sobre una información de L’Equipe que aseguraba que el portugués había enviado al PSG vídeos sobre el Barça, su rival en los pasados cuartos de final. “Todavía estoy esperando los informes del portugués”. Las risas en la sala de prensa contagiaron incluso al avinagrado delegado de la UEFA.

Es vox populi que Florentino Pérez exige unos requisitos imprescindibles en su permanente casting de entrenadores: dominio de egos en el vestuario, palmarés trufado de títulos y, sobre todo y a tenor de los últimos tiempos, ser buen relaciones públicas (facultad importantísima dada la guerra de obuses entre Mourinho y la prensa). Desde luego, Ancelotti no va a perder el tiempo en enfrascarse en un fuego cruzado contra los periodistas porque, como suele decir, “mi primer hobby es el fútbol y el segundo, disfrutar de los placeres de la vida”. No obstante, hay aficionados que no entienden su filosofía, como por ejemplo, una socia del Chelsea que no consintió que el propio Ancelotti se sentara en su asiento de Stamford Bridge durante un partido del equipo sub-18. “Entiendo el enfado de la señora, va con el cargo”, explicó el técnico italiano cuando le preguntaron por la anécdota. Ocurrió durante su segunda temporada en Londres, en la que no ganó ningún título.

Ancelotti no ha sido novedoso en los despachos del Bernabeu. Su nombre sonó con fuerza en los últimos tiempos de su primer mandato, cuando el galacticidio devoró a Queiroz, Camacho, García Remón, Vanderlei Luxemburgo y López Caro. Pero las exquisitas relaciones entre Adriano Galliani y Florentino impidieron el fichaje del entonces entrenador milanista. Allí todavía es venerado por una hinchada que vivió días de vino y rosas con dos Champions y, en el extremo opuesto, una catástrofe de proporciones bíblicas: la increíble derrota de Estambul contra el Liverpool de Rafa Benítez. Su obsesión siempre ha apuntado a la Champions, tal como le gusta a Florentino; de ahí que su bagaje en el Calcio haya sido un solo campeonato en casi una década. Pero los tiffosis van más allá y le agradecerán eternamente tres gestos: haber pulido al mejor jugador italiano del siglo XXI, crear a un Balón de Oro y regalar al público un futbolista que ha antepuesto el Milan a su propia vida. Porque, primero, nada más fichar por el Milan en 2001 pidió a Galliani el fichaje de un media punta desorientado del Brescia. Ancelotti intuía que en ese chaval melenudo de 22 años había talento para moldear un centrocampista único en visión de juego y pases calibrados. No se confundió y Pirlo relevó a Del Piero como el mejor de los últimos tiempos. Sin embargo, para madurarlo, necesitaba un escudero, un perro de presa que permitiese a Pirlo lucir su talento liberado de los molestos marcajes al hombre que tanto se estilan en el Calcio. Y ahí entró en juego Gattuso, un bulldog que ha llorado con cada derrota rossonera y se ha extasiado con las victorias. El Milan o la vida, ésa ha sido siempre la disyuntiva de Gattuso y, evidentemente, San Siro le tiene en un pedestal por sus huevos, ni más ni menos.

El último milagro de Ancelotti lo resume a la perfección el propio técnico en una de sus biografías autorizadas, Preferisco la Coppa, Vite, partite e miracoli di un normale fuoriclasse (Prefiero la copa, vida, partidos y milagros de un crack normal): “Me habían dicho de un chavalín en Brasil, muy bueno, pero al cual no conocía. Por su nombre parecía un predicador. Se trataba de un fichaje a ciegas, lleno de buenas palabras. Pero necesitaba hechos…Kaká llegó a Malpensa y me llevé las manos a la cabeza: gafas, repeinado, cara de buen tío, sólo le faltaba una cartera con la merienda y un libro. Habíamos fichado a un estudiante universitario. Bienvenido al Erasmus de Milan”.  Así describe Carletto su primera imagen del futbolista nodriza del Milan durante un buen puñado de años, hasta que Florentino extendió un cheque de 66 millones de euros. Unos párrafos más adelante, el entrenador se rinde al sentido común: “Con el balón en los pies era monstruoso. Dejé de hablar porque, simplemente, no me salían las palabras. El testigo de Jehová era en realidad un tío que hablaba con el Señor”. Cuentan que Ancelotti quedó prendado de él con un lance inolvidable: en uno de sus primeros entrenamientos, Kaká pugnó un balón con Gattuso y éste, al ver que lo perdía, le dio un empujón terrorífico. El brasileño continuó la jugada y el potro italiano simplemente se resignó diciendo ‘¡A tomar por culo!’. Kaká había pasado su bautismo de fuego.

En su primera temporada en el Chelsea, Ancelotti tuvo el mismo ojo clínico con Sergio Ramos como lo tuvo con Pirlo. Pidió a Abramovich su fichaje porque le consideraba el futuro central de Europa. Se había encaprichado del lateral madridista y lo quería a toda costa para juntarlo con John Terry en el centro de la zaga. También demostró paciencia y mano abierta con Clarence Seedorf a quien rescató del Inter para obsequiarle con la última gran oportunidad de su vida. El holandés se lo agradeció con una forma física de ciencia ficción que alcanzó hasta la treintena. Y otros a los que considera amigos son Drogba y el Pippo Inzhagi; su devoción por ambos quedó revelada el año pasado, cuando se metió en camisa de once varas opinando del fracaso de Fernando Torres en el Chelsea: “Drogba es un excelente futbolista y es como Inzhagi en el Milan: devora a cualquier competidor. Simplemente es así y ahora Drogba devora a Fernando Torres”. A veces la franqueza le pierde pero, a estas alturas, Ancelotti no va a cambiar su carácter ni sus gustos melómanos ni gastronómicos (suele acudir a restaurantes con estrella Michelín o que la aparenten). ¡Que se vayan preparando el Zalacaín, De María y Txistu! Llega Ancelotti. 

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