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El martirio de los médicos merengues

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Agosto de 2002. A dos días del cierre de mercado, el Madrid trabajaba a contrarreloj para fichar a Ronaldo. El presidente, Florentino Pérez, le había perseguido durante todo el verano, obsesionado con proseguir su genuina idea de galácticos y nadie más. La prensa intentaba informar de cada movimiento en la gestión y la ilusión entre la afición era inversamente proporcional a la preocupación de un solo hombre que, lejos de querer torpedear el fichaje, se ciñó a su criterio médico para explicarle al presidente la cruda realidad. “Tiene la rodilla destrozada”, diagnosticó el doctor Alfonso Del Corral a Florentino. Lo sabía él, los galenos de la selección brasileña y, por supuesto, los servicios médicos del Inter de Milan, que habían sido testigos de la última operación del ‘Fenómeno’. Su rodilla casi biónica no pintaba bien para Del Corral, pero la decisión, costase lo que costase, estaba tomada: Ronaldo sí o sí. Era el fichaje. Firmó por el Madrid en el último suspiro y pidió un mes para su puesta a punto. Cada día que pasaba en la piscina o en el gimnasio era un martirio para Del Corral, consciente de que una recaída de su rodilla pondría su trabajo en el ojo del huracán. Por suerte, Ronaldo se entrenó con disciplina espartana y su maldita rodilla aguantó los galopes de toda esa manada de búfalos, tal como le describió Jorge Valdano.

Una temporada después y prevenido por lo que podría haber sido una negligencia médica con Ronaldo, Del Corral fue más tajante con el fichaje que quería acometer el club: el central Gabi Milito. El argentino apuntaba alto y Valdano, entonces director general, fue quien recomendó traerlo. Pero el reconocimiento no dejó ninguna duda para los médicos: “Milito no puede fichar por el Real Madrid porque esa rodilla no va a aguantar tres partidos por semana”. Valdano, cariacontecido por la opinión de los expertos, declinó ficharle. El Madrid no se la quería jugar y las consecuencias fueron desastrosas: sin Hierro en el equipo, Helguera y Pavón se las apañaron para dirigir la defensa en Liga, Champions y Copa. Ellos, más un Raúl bravo improvisado y un jovencísimo Rubén González que sufrió los peores quince minutos de su vida en Sevilla. El desastre de los centrales durante el año del galacticidio de Queiroz forzó al Madrid a remover rápido el mercado; el elegido fue el inglés Jonathan Woodgate, a quien el Newcastle no puso ningún impedimento para salir de Las Islas. Los ingleses sabían que Woody tenía fecha de caducidad o, por lo menos, no colmaría las exigencias de un club de Premier con partidos de liga, Copa y Carling Cup. Los médicos del Madrid también supieron que la rotura fibrilar de Woodgate se curaría pronto; evidentemente, jamás imaginaron una recaída tan lastimosa. Woody fichó lesionado y así continuó un año entero. Su muslo izquierdo dio demasiados problemas para un central de veinte millones de euros.

Nuri Sahin es otro caso espectacular de negligencia médica. Se lesionó con el Borussia Dortmund en la primavera de 2011 y fichó por el Madrid en mayo de ese mismo año. Los informes de los médicos alemanes sobre su rodilla derecha eran halagüeños: Sahin no tendría problema alguno para exportar su inmenso talento a la Liga española. Sin embargo, la fatalidad volvió a cebarse con los merengues: en su segundo entrenamiento de pretemporada se hizo un esguince en la rodilla buena y ahí acabó su aventura en España; porque el esguince recayó en rotura parcial de ligamento y Mourinho no auguró ninguna esperanza en recuperar a quien había sido elegido mejor futbolista de la Bundesliga.

El ‘Pipita’ Higuaín jugó con lumbalgia los primeros meses de la era Mourinho, hasta que aguantó lo imposible en un Madrid-Athletic. Los dolores de espalda le impidieron jugar el fatídico 5-0 del Camp Nou y su imagen andando por el aeropuerto de El Prat presagiaba que estaría KO un puñado de meses. Los médicos le diagnosticaron hernia de disco lumbar y recomendaron un tratamiento conservador, como en el 90% de estos casos; tan sólo se opera en casos de extrema urgencia. El delantero blanco quiso evitar el quirófano, con la autorización de los servicios médicos, pero al final hincó la rodilla y fue operado en Estados Unidos. Naturalmente, el cabreo de Mourinho fue monumental porque consideró que Higuaín había perdido un tiempo precioso de recuperación.

El viejo John Benjamin Toshack comentó en COPE hace unos meses que el fichaje de Gareth Bale tenía “ciertos inconvenientes”. El galés había sufrido dos lesiones muy importantes en el Tottenham: una en los ligamentos del tobillo derecho que le mantuvo fuera de juego más de medio año y, meses más tarde, un desgarro en la rodilla izquierda. “Los clavos en el tobillo debieron dolerle mucho tiempo”, dijo Toshack. Pero parecía agua pasada, a tenor de las extraordinarias tres temporadas que le han colocado en el estrellato. Gracias al diario MARCA, este fin de semana los servicios médicos del club han tenido que confesar que el fichaje de los 91 o 100 millones, según la versión del comprador o vendedor, sufre una “protrusión discal”, pero nunca una hernia. Es decir, que podría o no sufrir una hernia discal, aunque así jugó en Inglaterra. Médicamente y como ha dicho Del Corral en Tiempo de Juego, no es alarmante; el problema es que Bale ha costado una millonada y si la “protrusión” la sufriese Illarramendi, apenas ocuparía un breve en la página doce de los periódicos deportivos. Por eso, el club, temeroso de que esa supuesta hernia inunde los informativos, se apresuró el sábado a sacar a la palestra a su jefe médico, Carlos Díez, para calmar al público. Maniobra hábil pero chirriante, porque el Madrid nunca ha dejado hablar a sus doctores. La incertidumbre deportiva del equipo y el ansia por acoplar al galés en el once titular desde luego que no ayudan. Pero pensar que Bale es un juguete roto por una contractura de la que se está recuperando huele a sensacionalismo. Demasiado.

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