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Los peajes del campeón

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Ronaldo Nazario se quejó una vez de los “peajes que debía aguantar la campeona del mundo”. Se refería a los viajes pesados que debía soportar la selección brasileña como campeona del 2002. Tailandia, Japón otra vez, Australia, Canadá, Rusia y hasta Marruecos fueron los carteles de exhibición para un combinado cuyo caché había aumentado exponencialmente con el éxito del Mundial de Corea y Japón. Y, claro, Ronaldo, entonces flamante fichaje del Real Madrid, suponía el cebo mediático para contentar a todos esos países que querían presumir de un amistoso contra el mejor equipo de todos. Precisamente, a Ronaldo no le hizo ni pizca de gracia pasearse por medio mundo con una rodilla hecha trizas y una recuperación milagrosa a base de piscina y muchas carreras por la antigua ciudad deportiva de La Castellana. “Es el alto precio de la victoria”, dijo molesto Ronaldo en una entrevista para Brasil. Sus declaraciones no gustaron al seleccionador Carlos Alberto Parreira, un hombre leal a su federación, obsesionado con que cualquier partido de la canarinha paraliza la nación, por encima de los intereses nimios de los clubes. Lo que no sabía Parreira es que Ronaldo había dado su palabra a Florentino Pérez que se cuidaría y centraría en el Madrid como compensación a la oportunidad que le ofrecían los blancos.

España es la vigente campeona y, como tal, no puede mantenerse fuera de la burbuja comercial que sostiene al fútbol de estos tiempos. Su nombre se cotiza en cualquier país al nivel de Nike, Adidas o Coca Cola, por eso, cualquier país le quiere como gancho publicitario. “No hay mejor reclamo para una selección que ganar a España…igual que antes Italia, Brasil Francia, etc”, reflexionó Luis Aragonés en el diario MARCA, en una de las escasísimas entrevistas que ha concedido desde que abandonó el cargo. Hasta un ganador del Balón de Oro como Fabio Cannavaro puso el grito en el cielo en un viaje sin sentido al Lejano Oriente, durante la época en la que Italia gozó del respeto del planeta. Aquel viaje se convirtió en un auténtico marrón porque la selección italiana viajó a Japón para exhibirse ante chavales y entrenar con promesas amateur, no para jugar al fútbol. “¿Qué voy a decir? Italia es la campeona”, comentado resignado Cannavaro.

La aventura relámpago a Guinea Ecuatorial y el baño de masas en Sudáfrica han dejado tiritando a varios jugadores de la selección. Demasiados aviones en tan pocas horas y en unas fechas metidas con calzador por las repescas mundialistas. Las quejas no se hacen en público porque, afortunadamente, la selección es el maná de la Federación. La demanda es tan elevada que nunca faltan sparrings que contentar, aunque alguno como Guinea pareciese de cartón-piedra y en la práctica pegase como Mike Tyson en sus mejores combates. Curiosamente, ese amistoso resultó ser la tercera opción: la primera apuntaba a la Rusia de Capello en Emiratos Árabes y la segunda fue Gabón. Ninguna fructificó y sin ninguna explicación pública.

El caso es que, salvo Cristiano, Ibrahimovic o Ribery por motivos decisivos, el resto de Europa (y casi del mundo) estaba disperso por el globo. Y la situación en La Roja no es la más adecuada para que los futbolistas se borren de las convocatorias: los delanteros porque sienten en su cogote la presencia, todavía espiritual, de Diego Costa, y los porteros están sometidos al juego de la silla: una para tres, Casillas no es titular en el Madrid, Reina sí pero no, y Valdés se ha roto en otro intento por reivindicar ante el seleccionador su excelso estado de forma. Xabi Alonso sí fue convocado con el cuerpo todavía en taller y a punto estuvo de averiarse para siempre; Iniesta debía viajar sí o sí porque fue la figura indiscutible de aquel 11 de julio de 2010. Al final, Xavi Hernández fue el más listo. Siempre habrá quejas, pero para un campeón del mundo son esos peajes de los que se quejaba Ronaldo ‘el gordito’.

 

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