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Los espartanos del ‘Cholo’

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“En cuartos de final habrá siete grandes equipos y uno que molesta”. Al ‘Cholo’ Simeone todavía no le ha traicionado el subconsciente metiendo a su Atleti en la élite de los mayores. Sigue protegiendo al club de sus amores como la hembra que defiende a su cachorro y, como buen entendedor de la relación entre prensa y fútbol, va construyendo una coraza delante del micrófono en caso de que el sueño rojiblanco acabe repentinamente. Los elogios no salen de su boca, sino de la opinión pública y todos los colegas de profesión, el último, un Clarence Seedorf que supo perder honrando al rival. El técnico milanista advirtió en la víspera que el Atlético era “una máquina que funcionaba”. Sin disponer de la artillería pesada de Real Madrid o Barcelona, Simeone ha instruido a ese grupo de espartanos que tanto gusta a Arbeloa y en el que cada uno daría su vida por el compañero. Es el ‘cholismo’ en su esencia más primigenia; el equipo que “pelea como el mejor” (así reza el himno) y sabe sufrir sin volver a la versión del pupas. Porque es cierto que hubo un momento, con el empate a uno de Kaká, en el que el Atleti pareció aturdido y a un solo gancho de caer a la lona. El fantasma de los últimos cuartos fatídicos contra el Ajax del 97 sobrevolaba el Vicente Calderón; sin embargo, esta vez la Champions no podía ser tan caprichosa.

El sueño de la ‘orejona’ ha merecido varios calentamientos en la Europa League con premio incluido. Durante los últimos años el Atlético ha sido el canterano al que la liga filial se le quedaba pequeña y ansiaba por reivindicar su talento entre los mayores.  Le han dejado un balón y ha demostrado que en el fútbol no sólo se pintan los ‘picassos’ de Bayern y Barça, o se destroza al rival mediante una somanta de puñetazos al estilo Madrid o Paris Saint Germain. No, este Atleti ejerce una presión mayor de la que un ser humano puede aguantar a cientos de metros bajo el agua y deja al contrario con la tensión del levantador que aguanta pesas de tres dígitos. Pero la comparación que se lleva la palma la dijo Bernd Schuster, ídolo de masas en el Calderón: “el nuevo Atleti es una hormiguita que intentas pisarla y sigue correteando de un lado a otro”. Es una hormiga obrera que trabaja con las mismas ganas en una bonita noche de Champions o en una visita marrón de Liga, como la de Balaídos del pasado sábado. Y en ese sentido, todos y cada uno de los futbolistas le deben la vida a su entrenador. Empezando por Courtois y acabando por Diego Costa, con nueve tipos por medio que dejaron de ser comparsas hace tiempo.

Costa afiló la guadaña y enterró para siempre su sambenito de mamporrero. Ahora es el delantero de ‘La Roja’ que ha hecho olvidar al killer cafetero Falcao con goles y huevos (el orden de los factores no altera el producto). Y no se trata de un goleador del montón que necesita fallar más que una escopeta de feria para clavar uno; Costa aparece en el momento más inesperado, para abrir la lata o culminar la fiesta. Su gran virtud es que no necesita que el Atleti le busque, ya se buscará él las castañas. Si Falcao era capaz de rematar un microondas, su sucesor no sólo dispara melones de todos los tamaños sino que también le gusta montarse su propia jugada para terminarla con disparo raso cruzado. Sin embargo, en la asignatura del buen cabeceador le ha salido un competidor demasiado peleón: Raúl García.

Nunca es tarde pero si el ‘Cholo’ hubiese tomado como discípulo suyo a aquel chaval fornido que despuntó en Osasuna y por el que el Madrid preguntó, quizás la selección española tendría desde hace años una roca entre sus centrocampistas. Raúl acaba los partidos con heridas de guerra por todo el cuerpo, es la consecuencia de batirse el cobre en cada metro cuadrado. Además, esta temporada se ha erigido como un gran cabeceador, no tan avasallador como Diego Godín pero sí más efectivo. Lástima que Del Bosque tenga casi cerrada su lista para el Mundial, porque de haber sido argentino, Raúl García iba directo a Brasil. Es el futbolista a imagen y semejanza de Simeone.

 

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