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La venganza de Luis Enrique

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Luis Enrique solía contar que la madre de todas sus batallas fue el clásico del Bernabéu del 97. Su polémica salida del Madrid, provocada por los continuos pitos populares en su última temporada, le convirtió en el enemigo público número uno del madridismo; cada visita al coliseo blanco degeneraba en un infierno turco donde la única solución era jugar sobreexcitado o morir en el intento. Precisamente, eso es lo que le sucedió en aquel Madrid-Barça de las butifarras. El asturiano apenas llevaba un año en las filas azulgranas  pero durante el primer ‘partido del siglo’ (temporada 1996-97) comprobó en sus carnes el cariño que le profirió la misma grada que llegó a rendirle pleitesía. Hasta entonces, en ningún estadio español se había notado semejante nivel de decibelios cada vez que un futbolista aparecía en escena. Sólo el regreso de Luis Figo vestido de blanco rompió todos los límites del sonido. Así que Luis Enrique pisaba el Bernabéu como proscrito por segunda vez y con ganas de restregar a su antigua gente el craso error de despreciarle. Además, el Barça viajaba a Madrid con la tranquilidad de saber que se mantendría líder en caso de derrota, aunque poco le importaba al enrabietado ex madridista: no podía soportar un segundo ko consecutivo con la casaca nueva.

Aquel Madrid-Barça fue una oda al fútbol valiente con ambos equipos desatados en ataque. Quizá más los blancos, porque jugaban en casa y casi habían empezado a remolque por un gol tempranero y de pillería de Rivaldo, el sustituto mediático de Ronaldo Nazario. La diferencia entre el anterior Madrid de Fabio Capello y ése de Jupp Heynckes fue el atrevimiento: el italiano venció en el partido del siglo de un año antes con un equipo encorsetado y de hormigón que se aprovechó de los destellos de sus estrellas; Heynckes había decidido darle un toque más jovial a su nuevo Madrid, con Seedorf y Redondo repartiendo juego como crupieres. Luis Enrique o, mejor dicho, un holograma suyo, deambuló por el césped durante la primera parte; de repente se escuchaba una ráfaga de silbidos como si alguien subiese medio segundo el volumen de la radio a tope. Eran los pocos balones que había olido el asturiano.

La imagen de un puñado de aficionados apuntando con el dedo a Luis Enrique mientras celebraba el empate a uno de Raúl escenificó la depresión del proscrito. Pero sólo duró dos minutos. El partido se había alocado totalmente, con el Madrid lanzado a voltear el marcador y el Barça aún aturdido por el golpe. El Bernabéu jaleaba a los suyos con el mismo ímpetu que maldecía a Luis Enrique, hasta que el asturiano recibió una pelota de un popurrí de rebotes y colocó un disparo ajustado que Cañizares vio tarde. La escena dio la vuelta al mundo: el barcelonista corrió por el campo extasiado y con ganas de devolver al público tanto cariño. Se estiró la camiseta para que la viera todo el mundo y saludó a la grada con gesto torero. Botellas, escupitajos y demás objetos no identificados cayeron en la melé que formaron los culés en una banda. El Barça devolvía el bofetón y Luis Enrique se cobraba su venganza momentánea.

El clásico se iba cociendo bastante rápido, con un revés detrás de otro. Y en ese toma y daca, los de Heynckes volvieron a activarse. En concreto, Fernando Redondo, que de la nada se inventó una internada por la izquierda que acabó en el fusil de Suker. El Bernabéu reventaba y Luis Enrique animaba a su grupo con aspavientos y aplausos. No todo estaba perdido. Al Madrid no le valía el empate, tenía que seguir esquinando al rival mandándole directos por tierra, mar y aire. El portero holandés Hesp sacaba mil y un tentáculos para detener el saco de balones que se le vino encima y, mientras, el asturiano apretaba los dientes achicando agua en la defensa. El Barcelona se ahogaba por momentos y a Rivaldo se le había apagado la chispa. Fue entonces cuando Figo se la lió a Roberto Carlos en un rápido contraataque. El portugués desnudo a los blancos y puso en bandeja el gol a Giovanni, que contagiado por el odio de Luis Enrique, dedicó al fondo sur tres cortes de mangas o, dicho eufemísticamente, tres butifarras. Apenas quedaba tiempo para otra remontada y el Madrid yacía herido sobre el campo. El árbitro pitó el final del partido y Luis Enrique gritó al aire un ‘¡Toma, toma, toma! Demasiado sufrimiento, demasiada rabia contenida. Se había cobrado su vendetta.

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2 respuestas a “La venganza de Luis Enrique”

  1. Pepe dice:

    Ni punto de comparación con la venganza del Madrid, que fue el ganar la séptima ese año…porque, ¿cuántas “champions” tiene Luis Enrique? :)

  2. Alberto dice:

    Una vez más mis felicitaciones por este blog que nos sigue deleitando con relatos de nuestra historia futbolística cuidando al máximo la veracidad y elocuencia de los hechos.

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