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Gareth Bale, superhéroe a examen

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Cristiano Ronaldo solía eclipsar al resto incluso cuando no jugaba. Su Balón de Oro pesa tantos quilates que hasta una plantilla millonaria como la suya le echa de menos en cualquier palmo del césped. CR7 es un gigante entre liliputienses y poco importa que enfrente pelee un peso welter como la Real Sociedad o el superpesado por excelencia, el Barça: la sensación de nostalgia permanece. Eso costaba digerirlo hasta que un solo futbolista agitó el mercado con su P.V.P. infinito. Los 91 millones de Gareth Bale (sí, 91 confirmados por la Bolsa de Londres) no los forzó él pero, aún siendo injusto, le obligan a actuar a veces de Luke Skywalker, devolviendo el equilibrio a la galaxia blanca en ausencia del líder espiritual. Precisamente, equilibrio fue el eslogan táctica de Ancelotti cuando presentó sus credenciales, pero en los momentos cruciales ese concepto se desvanecía apenas susurrarlo. Sucedió en el clásico y en Sevilla, los cadalsos que han hecho perder al Madrid media Liga. Ambos sopapos le hicieron reflexionar de cara a Anoeta: “¿Por qué un Doctor Jekyll en San Sebastián y un Mister Hyde en Sevilla?” Es la pregunta que se hace el viejo J.B. Toshack y medio madridismo. En este campeonato de ricos y pobres, cualquier resultado que no sea ganar fuera de la liguilla entre Atlético, Barça y Real es un fracaso casi fatídico.

Así como Steve Mcmanaman era llamado Steve en sus inicios en el Madrid por su carácter cándido y bonachón dentro y fuera del campo, Bale ha sido Gareth durante un puñado de meses. Sin embargo, Steve acabó complaciendo al Bernabéu hasta retomar el nombre y talento de Mcmanaman o ‘Macca’ y el muchacho galés Gareth está siendo el torpedo Bale que puso patas arriba White Hart Lane. El último galáctico blanco ha tardado en florecer y todavía está a tiempo de salvar su buena, que no notable, temporada. Le ocurre como a Will Smith en su papel del superhéroe Hancock: derrocha sus superpoderes sin nadie que se los corrija. Últimamente, Bale ha controlado su hipervelocidad, esprintado sin salirse por la línea de fondo y, también, le ha pillado el tacto a la pelota de la Liga dándole la fuerza y precisión necesaria. Y aunque sus números corroboran su genio, 18 goles y 18 asistencias, aún le falta un momento antológico que le reserve un sitio en la hemeroteca madridista: una volea de Zidane, una jugada de varios quiebros al estilo Raúl contra el Atleti o un taconazo de Redondo como el de Old Trafford.  Llegará el día que Bale se quite su propia coraza, será entonces cuando el Madrid arrase como un ciclón al valiente que ose ponerse delante. Y junto a Cristiano, causarán tal terror que Florentino Pérez, en su interior, se dirá así mismo que por fin habrá merecido la pena poner tantos ceros en dos cheques diferentes. Por el momento, cada partido es una examen de reválida para Bale.

Y hablando de precios astronómicos, Pepe costó treinta y tantos millones (nunca se ha publicado la cifra real por miedo de todos y cada uno de los intermediarios que trincaron del fichaje) y, en perspectiva, ha quedado en una bicoca. Sin sus idas de olla la opinión pública hablaría del digno sucesor de Fernando Hierro. La pesadilla de los centrales comenzó cuando a este último le invitaron a irse del club y Pepe pareció el remedio necesario. Pero su actitud descerebrada contra Casquero y sus broncas macarras en los clásicos de Mourinho levantaron sospechas hasta en el ala más fanática del club. No obstante, Pepe sabe jugar de central, tiene su librillo de maestro y cortando balones en carrera es único en su especie. Cuando está centrado, su portero respira porque el portugués saca el coche-escoba a pasear, haya por delante balones o piernas. Recuerdo que el Atlético de Madrid fichó a un central paraguayo llamado Gamarra que se jactaba de no haber sido expulsado nunca. Y aún tengo en la memoria una frase antológica de Ronald Koeman: “Un central necesito su bautismo de fuego con una buena tarjeta roja”. Gamarra no lo vio antes de ser rojiblanco y el Calderón le recuerda como un pufo más de su larga lista. Pepe pega cuando debe, y no debe, y dirige a su defensa como un mariscal del campo. Éste sí que es el Pepe que olvidará a Hierro.

 

 

 

 

 

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