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La teoría del acróbata

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Charly Rexach sabía que ganar al Real Madrid era sencillamente “imposible” sin Rivaldo. Los cruces de las semifinales de Champions del 2002 depararon un fatídico Barça-Madrid y el cuerpo técnico azulgrana meditó seriamente infiltrar al brasileño. Rivo se había torcido el tobillo en el clásico liguero y las probabilidades de recuperarse para la gran batalla europea eran mínimas. Todo el club temía que, ausente Rivaldo, el Barça no encontrara esos momentos decisivos que sólo resuelven las estrellas. El Madrid tenía a Zidane y Raúl, y los culés debían meter todas sus fichas al criticado Kluivert, al que se le acusaba de fallar más que una escopeta de feria, y a Saviola, entonces un chaval con ínfulas ‘maradonianas’. Rexach jugó al despiste y no anunció la baja de su mejor futbolista hasta minutos antes, cuando la UEFA exigió publicar las alineaciones. Por desgracia para el barcelonismo, aquella noche el Camp Nou no presenció una chilena imposible fuera del área ni un trallazo endiablado made in Rivaldo; no, fue la noche de Zizou y la vaselina de Mcmanaman. Tiempo después, el entrenador Rexach confesó su error de manera rebuscada: “la apuesta era la del acróbata aficionado sobre un cable en un precipicio, pegársela o pegársela”. Si Rivaldo hubiese jugado lesionado, quizá se hubiese roto para siempre (casualidades de la vida, tres meses después fue decisivo en la final del Mundial de Japón); reservarlo, tal como hizo Charly, significaba perder tres cuartas partes de la competición fetiche del Madrid.

El club merengue intentó congelar la noticia de la lesión de Cristiano Ronaldo hasta que la prensa escarbó. Antes de ayer el Madrid conocía la rotura de bíceps femoral del portugués, pero prefirió manejar los tiempos de espera. Su presencia en el banquillo de Dortmund mosqueó a cualquier que no estuviera dentro del vestuario: de puertas adentro, Cristiano se calzó las botas para fidelizarse moralmente con sus compañeros en la guerra; de cara al público, su suplencia era la metáfora del mesías salvador en caso de catástrofe. A Ancelotti jamás se le pasó por la cabeza sacarle como desatascador: la prima de riesgo se habría disparado hasta una cifra inimaginable. Y para mantener la trama, el técnico madridista explicó delante de las cámaras que  podía haber jugado porque estaba en el banquillo. CR7 es ahora un Terminator averiado en el clímax de la temporada; ya el año pasado jugó medio tocado en el conato de remontada contra el Borussia en el Bernabéu.

El diagnóstico médico ha caído como una bomba de neutrones en el madridismo. El equipo no pasó la prueba del algodón en Dortmund y el liderazgo de Bale quedó en sospecha. Todavía no puede asumir las funciones del comandante en jefe. El Madrid llevaba a Alemania la halagüeña estadística de no haber perdido sin Cristiano, naturalmente se trató del espejismo de nuestra Liga. La final de Copa contra el Barça ofrecerá la pista concluyente sobre si el club de los cientos de millones sigue dependiendo de un solo futbolista, actual Balón de Oro, pero un futbolista al fin y al cabo. Suena tremendista, pero el Madrid necesita verse sin CR7, conocer los límites de su cilindrada. Sólo así el club sabrá si debe acometer las lesiones de su jugador nodriza como una cuestión de estado.

Ganar la Copa sin el ‘7’ implica dos tareas homéricas: reivindicar que el Madrid es un equipo en el sentido estricto de la palabra (o sea, como el Atlético) y darle el estoque definitivo a un Barcelona herido y rabioso, con un Messi al que últimamente sólo le pone el Madrid, en goles y kilómetros recorridos por el césped. Caer por tercera vez consecutiva destaparía la caja de los truenos, el primero directo a la frente de Ancelotti. Sin embargo, no todo serían tan caótico: Cristiano tendría la coartada perfecta para pedir tantas subidas salariales como se le antojasen. ¿Acaso él es medio Madrid o el Madrid entero? Una semana para salir de dudas. Hasta entonces, Carletto tiene tiempo para plantearse la metáfora del acróbata de Rexach.

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