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La maldición liguera

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“La Champions remedia cualquier crisis”. Ésa fue siempre la bendita excusa de Lorenzo Sanz cada vez que los periodistas le preguntaban por los desastres ligueros del Madrid. Sucedió con la ‘Séptima’ y también con la ‘Octava’; y para no traicionar esa curiosa historia merengue, a Florentino Pérez también le persigue la maldición. El madridismo vive en una nebulosa incierta, aferrado a la final de Lisboa y decepcionado tras ver cómo el equipo ha tirado la Liga por el retrete. Y con ese panorama, Ancelotti ha sacado el diván del psicólogo en el vestuario con el único propósito de motivar a unos jugadores alicaídos, los cuales son demasiado conscientes de que Lisboa marca la delgada línea roja que separa un exitazo de temporada de un fracaso sonado. Pero “el Madrid está programado para ganar grandes finales”, dijo un Del Bosque durante la efervescencia de la Champions de Glasgow, la de la inolvidable volea de Zidane. Es la creencia de cualquier aficionado blanco que una la premisa mayor (“El Madrid falla en Liga”) con la menor (“El Madrid juega la final de Champions”) para formar el silogismo más esperado: “El Madrid, campeón de Europa”.

Este pensamiento aristotélico ha regido la historia del club durante su relación contemporánea con Europa. De hecho, Jupp Heynckes fue fulminado el día después de la victoria en Amsterdam por adolecer de mando militar en el vestuario y desistir de pelear por la Liga. En aquella temporada 97-98 los blancos se desengancharon del campeonato la noche que fueron goleados en el Camp Nou por 3-0. El Barça de Rivaldo se lanzó a por el título y en el Madrid nadie desde dentro, ni tampoco la prensa, se atrevieron a levantar el hacha de guerra. Esa misma semana recibían al Bayer Leverkusen con la misión de meterse en semifinales de una Champions que ya no eran tan imposible, a pesar de la supremacía de la Juventus. La presión para Heynckes fue agotadora: quedaba una sola bala en la recámara y, si se fallaba, caos total. La Copa de ese año se resolvió con una vergonzosa eliminación en el Bernabéu contra el Alavés de Segunda División, así que la consigna fue clara: ganar o morir. Treinta y dos años de penurias por el continente supusieron que la grada ignorase los continuos batacazos ligueros en pos de un sueño: el gol de Mijatovic.

“Si no somos capaces de ganar a Rayo Vallecano, Racing y Alavés, cómo vamos a ganar en Old Trafford”. A Roberto Carlos le gustaba arengar a sus compañeros con indirectas mitad hirientes mitad motivadoras. El Madrid de la 99-00 había llegado a estar a dieciséis puntos del Deportivo, líder durante todo el campeonato; sin embargo, en uno de esos arrebatos que les da a los blancos, emprendieron una remontada que les aproximó a sólo cinco puntos. La Liga estaba en el punto de mira y la Champions no invitaba nada al optimismo, sobre todo después de recibir dos correctivos históricos del Bayern Munich con ocho goles encajados en dos partidos. Los cuartos de final emparejaron al Madrid con el temible Manchester United, favorito junto a los bávaros. Y quizá sobreexcitados por un duelo de tan alta alcurnia, el equipo del recién llegado Del Bosque, que sustituyó a JB. Toshack y su “cerdo volando sobre el Bernabéu”, se descentró en el torneo doméstico provocando una auténtica sangría de puntos en Chamartín. Con decir que hasta nueve equipos rascaron un buen resultado del Bernabéu (dato inédito), sobra cualquier otra interpretación. Por eso, aquel mítico taconazo de Fernando Redondo en Manchester sirvió de piedra filosofal para creer en la quimera europea. Los goles del indolente Anelka a Kahn fueron la salvación blanca ante la deriva liguera. Y aquella final de París contra el Valencia debía ganarse por lo civil o lo criminal, de lo contrario el Madrid no habría jugado la Champions del siguiente año.

“No podemos recordar este año por el ‘Centenariazo”. Las palabras de Raúl González fueron entendidas como un dogma de fe en el madridismo. La dolorosa derrota del Bernabéu contra el Depor en la fecha más universal del club reventó los fastos preparados en el estadio. Sin embargo, la gracia de aquella Copa del Rey no fue el título en sí, sino la celebración de una noche centenaria que Florentino había vendido a escala planetaria. El ‘Centenariazo’ devolvió al Madrid a su realidad liguera y, más importante, continental. La eliminación contra el Bayern en la anterior edición motivaron al equipo a recuperar su hegemonía de los últimos tiempos. Pero, una vez perdida la Copa, el presidente blanco exhortó en privado a sus jugadores a ganar los dos títulos. Y a mediados de abril del 2002, la misión era muy palpable. Lideraban el campeonato a falta de cinco jornadas y acababan de noquear al ogro del Bayern, cobrándose su venganza. Entonces, una horrorosa visita a El Sadar y otro bofetón en Anoeta dejaron al Madrid tiritando, y al Valencia a punto de celebrar unas segundas Fallas. Otra Liga al sumidero. Menos mal que la ya legendaria victoria en el Camp Nou en semifinales de Champions expió todas las culpas. De la vaselina de Mcmanaman al ‘voleón’ de Zizou. El Madrid conquistaba su última Copa de Europa y mantenía viva su maldición liguera en años de Champions.

 

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Una respuesta a “La maldición liguera”

  1. nash_3004 dice:

    Mucho humo es lo q vendemos por parte d la prensa d la caverna. Hay un dato q no comentáis, y es q el Madrid no hace dobletes …… Por lo q se ya tiene un titulo así q…… Podéis tirar también d esta estadística…..

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