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El hombre que nunca traicionó su camiseta

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A Florentino Pérez le entusiasmó que Fernando Hierro, Raúl y Mijatovic viajasen a la final de Lisboa como emblemas del Real Madrid. No sólo eran historia viva, tampoco simples motivadores de un vestuario que se jugaba el éxito o el fracaso en un solo partido. No, el presidente por fin entendió que a las grandes figuras había que cuidarlas y que en su mano estaba reparar el prestigio dañado en el pasado. De Florentino siempre se ha dicho que no tuvo ningún tacto para despedir a futbolistas convertidos en mito por el madridismo: con Hierro protagonizó la noche de los cuchillos largos instantes después de ganar la Liga del 2003 al Athletic en el Bernabéu. Al capitán todavía le escocía el trato de la directiva a su amigo y compañero Fernando Morientes, quien se mantuvo en la plantilla por petición expresa del propio Hierro y Raúl durante una conversación con Florentino en Mónaco en agosto de 2002. La maldita noche empezó con una bronca entre el malagueño y Jorge Valdano, entonces director deportivo, dentro del vestuario del coliseo merengue. El argentino les obligó a salir al césped a celebrar la Liga con la grada y Hierro poco menos que le mandó a esparragar. Horas después, las caras largas en el Mesón Txistu provocaron la chispa que hizo saltar todo por los aires: Hierro y Del Bosque despedidos, y Morientes cedido al Mónaco días después.

Tampoco Raúl tuvo la despedida de sus sueños. Dieciséis años de servicio blanco quedaron reducidos a una fría despedida durante una mañana de julio, y una rueda de prensa seca y sin apoyo institucional. Mourinho le pidió que se quedara para exprimirle sus dotes de liderazgo y eterna comunión con la afición, pero Raúl sabía que las heridas de guerra tardarían demasiado en cicatrizar. Guti, capaz de lo mejor y lo peor, tampoco se marchó en loor de multitud; casi siempre en el alambre, la prensa le había anunciado fuera del Madrid casi todos los años. Fue su talento lo que siempre le salvó. Claro que si con Raúl apenas se acicaló la sala de prensa, a Guti no se le iba a agasajar con la menor intención desde el club. En cambio, Zidane, uno de los hombres del presidente, sí tuvo su partido de homenaje: no fue ningún amistoso, ni siquiera un trofeo Santiago Bernabéu. El club aprovechó su anunciada despedida para rendirle tributo en el último partido liguero del 2006 en casa contra el Villarreal. El estadio se llenó y Zizou fue sustituido sobreexcitado por la fiesta. Por último, Manolo Sanchís, capitán de capitanes, declinó la oferta a un homenaje en 2001. Él fue el primer mito que se retiraba en tiempos de Florentino y fue Butragueño, ya directivo blanco, quien le llamó de parte del presidente para sugerirle una fiesta por todo lo alto. Sanchís, poco dado a fastos multitudinarios, no quiso su partido y el Madrid le brindó un pequeño gesto sobre el césped al término del último partido contra el Valladolid de la temporada 2000-2001.

Estos jugadores habrían merecido sendos amistosos, como sí los tuvieron Hugo Sánchez y ‘el Buitre’. Quizá por ello, Florentino con los años se ha dado cuenta que a los protagonistas de la historia centenaria del club hay que mimarles. Raúl recibió su homenaje el verano pasado, tarde pero muy cuidado. Incluso, el Rey Juan Carlos acudió al palco de honor a abrazar al ‘7’. Y Hierro no se vestirá de corto pero podrá disfrutar de una vuelta más emotiva: dirigir al equipo a las órdenes de Carlo Ancelotti. Experiencia en el banquillo apenas tiene, por eso viene como aprendiz. No obstante, sus pinitos después de colgar las botas han sido casi perfectos: como director deportivo de la Federación manejó extraordinariamente bien la transición entre Luis Aragonés y Del Bosque (fue Hierro quién eligió al actual seleccionador). Y en un Málaga arruinado convenció al jeque Al-Thani para que pusiera al frente del despacho deportivo a su amigo Antonio Fernández, quien construyó las bases del ‘EuroMálaga’ con Van Nistelrooy, Baptista, Isco, Joaquín, Toulalan, etc.

Hierro es puro madridismo porque nunca traicionó su camiseta. Su jerarquía en el vestuario pudo gustar (Raúl) o irritar (Iván Campo), pero siempre fue indiscutible. Cuando prensa y afición murmuraron que sus días de gloria tocaban a su fin, dejó su cuerpo en manos del mejor fisioterapeuta, Pedro Chueca, para que se lo devolviera con un motor diesel. Y funcionó. Su astucia le ha permitido cuidar su imagen pública, la de no delatarse como un hombre vengativo y rencoroso por el pasado. Jamás habló mal del Madrid, directamente lo ignoró. Sin embargo, no ha querido cortar de cuajo ese cordón umbilical: junto a Sanchís ha presidido en estos años la asociación de veteranos, con partidos por medio mundo y los Classic Match del Bernabéu. Ancelotti le ha pedido como sustituto de Zidane porque es un tipo que entiende los vestuarios donde se amontonan tantos egos. Y con el añadido extra de que Sergio Ramos, Pepe y, sobre todo, Varane, tendrán en unos días al profesor más laureado de su asignatura. “Con Hierro se puede hacer un máster acelerado de cualquiera cosa, pero los centrales se van a frotar las manos”. Palabra de Manolo Sanchís.

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