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De Rocky a Ivan Drago

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“Khedira va a terminar jugando y renovando”. Son las palabras de Thorsten Merch, compañero del diario Bild Zeitung, instantes después de que La Sexta Deportes anunciará el bombazo de Xabi Alonso. Una reflexión perspicaz que soluciona (a medias) los achaques de columna que venía sufriendo el Madrid. El donostiarra, experto sumiller en catar bueno vinos, intuía que esta añada venía peleona, con un fulgurante y joven Toni Kroos delante y en un boceto tan predilecto para Ancelotti como el 4-3-3. De repente, el “regalo de Navidad” con el que el Madrid obsequió al entrenador se ha ido por el desagüe; Xabi había renovado dos temporadas más perfilando su plan de jubilación Madrid. Y seguir jugando en el Bernabéu dependía de no gripar su motor diesel, lo sabía él y así lo entendió Carletto. Casualidades de la vida, los dos arquitectos de la selección española se sienten trastos viejos en sus respectivos equipos: Xavi Hernández ha aceptado resignado su nuevo rol en el banquillo (ninguna oferta acabó prosperando), mientras que Xabi se dio cuenta en la Supercopa de España que Kroos, Modric y él, lejos de complementarse, se embarullan en un cajón desastre.

A Martí Perarnau, filólogo del ‘guardiolismo’, no le sorprendió la primicia de La Sexta. Tan cercano a Pep, había escuchado cantos de sirena hacía tiempo. No en vano, Xabi es la versión 2.0 de aquel Guardiola del Dream Team y, aunque se haya erigido junto a Arbeloa en la guardia pretoriana de Mourinho, comulga con la tesis de la posesión exagerada. Guardiola es el Spielberg del que esperaba una llamada para involucrarse en una superproducción, porque su modo de ver este negocio no coincide con el de Florentino Pérez, siempre ansioso por presentar nuevos cromos a la grada. El caché de Kroos se había disparado exponencialmente con el Mundial, mientras que la sanción de Lisboa y el calamitoso papel de España en Brasil habían quitado a Xabi de los créditos principales. En una temporada con tantos títulos por medio, Ancelotti necesitaba fondo de armario para intercambiar rápido la ropa de invierno con la de verano: sustituir peones entre Champions y Liga, y partir de diciembre Copa y Liga, para que nadie del vestuario esbozase aquello que Zidane susurró al oído de su compatriota Ludovic Giuly en aquel Monaco-Real Madrid de comienzos del galacticidio: “Estamos agotados”.

El Madrid de Queiroz fue un desfile made in Hollywwod de galácticos desde la portería (Casillas) hasta la delantera (Ronaldo), pero el proyecto faraónico del presidente comenzó a resquebrajarse desde un banquillo precario, con Solari y Guti como únicas alternativas, y el apocalíptico adiós de Makelele (su salida desató las siete plagas de Egipto). Las comparaciones de aquel Madrid con la actual constelación de estrellas tenían un matiz diferente: el club le había construido a Ancelotti la plantilla más compensada quizás de toda la historia merengue, con un equipo B capaz de pelear en la mismísima Champions League. Sin embargo, la efervescencia de la Supercopa de Cardiff ha desaparecido en un puñado de días: lo que han tardado Di María y Xabi en desguazar el equipo. Al argentino le han pesado los billetes y a Xabi el orgullo propio. Su estatus quo no le permitía ejercer de comparsa sólo para relevar a gente fatigada. No, él se siente comandante en jefe y Guardiola le ha convencido de que mantendrá los galones en el intento de asalto a Europa.

Xabi es el fichaje perfecto para reemplazar a un Schweinsteiger que acabó el Mundial más tiesto que la mojama. Además, su condición de ancla del equipo es la solución al afán de experimentar que le suele dar a Guardiola; es decir, que si no hubiera elegido a Xabi, el marrón de sostener a peso al equipo le habría tocado al polifacético Philipp Lahm, puesto que Javi Martínez jugará sí o sí de central el próximo año, cuando se recupere de la triada. Xabi ha elegido bien y el Madrid vuelve a perder empaque: la mole compacta que aparentaba este verano empieza a descubrirse puntos débiles. Ya no es ese Rocky Balboa IV rocoso e imposible de noquear, ahora se asemeja más al ruso Ivan Drago, letal en su pegada pero frágil de costillas. Y ya sabemos cómo acabó el combate de la URSS.

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