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De paseo con el lamborghini

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Volvió Ivan Drago al cuadrilátero de Riazor. En un campo maldito hace unas épocas, cuando los derechos de televisión aún no habían triturado para siempre la Liga, el Madrid se puso los guantes del gigante ruso y masacró a golpes a un esparring de peso supermosca, ni siquiera welter. Si los blancos se toman en serio estos entrenamientos, se pueden pegar un buen puñado de orgías en este campeonato. Al fin y al cabo, se trata de que el Madrid se tome en serio a sí mismo. “Cuando nos tocan los…, respondemos a bofetones”, es la reflexión vehemente de una figura de la ‘Quinta del Buitre’ y no es Manolo Sanchís, tan protocolario siempre en sus formas. Es el sentimiento del aficionado merengue, harto de que a su equipo le sacudan más que una esterilla desde la prensa. Una derrota más en Coruña habría desatado la temida palabra crisis que tanto gusta a los periodistas y que tanto vende desde el morbo. Pero el Madrid ya se encuentra en defcon 2 y cualquier resbalón supone medio título para ese Barça de Luis Enrique más abonado a resultados prácticos que a intentar dibujar cuadros del Prado. Otra temporada jugando a remolque, limpiándose esbirros a patadas y puñetazos hasta llegar al jefe de la organización.

La eterna historia del gigante contra los liliputienses no exige sesudas partidas de ajedrez. Apenas importa que el Madrid reconozca un estilo o, al menos, un esqueleto táctico, basta con que Cristiano inaugure la bacanal romana para que el resto se ponga las botas. Todos se apuntan a la fiesta hasta el punto que llegará una goleada en la que Arbeloa pida chutar un penalti para no quedar en mal lugar. Y como hay jugadores con tratamiento de estrella, aunque se les diferencie por los ceros del contrato, quitando al ‘Bicho’ portugués, Bale es quien debe remar a toda pastilla. Solemos contar que CR7 sujeta a la mole blanca sobre su espalda, pero va siendo hora que el portugués dosifique y reparta peso con el galés. La sensación con Bale es la misma de su primer año: un lamborghini recién salido del concesionario que no conviene pisar a fondo. Bale se pone de cero a cien en centésimas de segundo y sólo en contadas ocasiones. Es el capricho del ricachón que lo saca de paseo los domingos soleados.

Más allá del potenciómetro de Bale, el Depor indirectamente descubrió la paradoja de este Madrid: el ‘nueve’ que juega mejor de cualquier número menos de nueve. Ancelotti debería confesar en una rueda de prensa que no necesita ‘nueves’. Del Bosque, Carletto…todos acaban contagiados por el fenómeno Guardiola. Y no es que los blancos jueguen con ‘falso nueve’, es que el suyo, lejos de golear, actúa de samaritano. Así es Benzema cuando no está en el limbo: un futbolista fantástico que se aburre (o no sabe) pegarse con los defensas en el punto de penalti; prefiere salirse del área, pedir el balón y construir la jugada como si fuese un quarterback. Esto funciona si de vez en cuando marca algún gol, porque al fin y al cabo las masas aplauden o critican a los delanteros por una estadística sencilla a la vez que maldita. Casi nadie se acuerda de cuántas asistencias da Benzema cada temporada. 

Pero volvamos a lo de jugar a remolque en la clasificación. Ese jefe de la organización se presume el Barça y no el vigente campeón. Por mucho que Simeone sólo acepte gladiadores en su escuela, tanto cambio se acaba notando. Las estrategias siguen siendo cuasi-perfectas pero de eso no puede vivir. Y eso que el ‘Cholo’ tiene razón: anoche jugaron el mejor partido de las últimas semanas, incluido el plan maestro del Bernabéu. No ganó porque el portero de Celta sacó tentáculos imposibles y Griezmann se fue a la caseta antes que Raúl Jiménez, el mexicano de la discordia. La gente no le conocía cuando le ficharon y ahora que le han podido examinar, las sospechas se agigantan. Huele a uno de esos fichajes pufos de la era Gil, la auténtica. Sin embargo, mientras Godín siga rematando en los córners hasta un microondas, los cronistas no serán malvados. Es increíble la sensación de terror que infunde el Atleti en cada saque de esquina, la misma que sufre Federer cada vez que Nadal está a punto de hacerle un passing.  

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