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Luis Suárez se fija en Ronaldo Nazario

Luis Suárez ha lanzado el órdago: “Sería lindo jugar en el Bernabéu. Estoy al cien por cien”. Indirecta para Luis Enrique en la fecha adecuada, a diez días del clásico, y delante de todos los focos en el mejor escenario posible: la entrega de la bota de oro. El mito Kenny Dalglish acudió a a la cita por petición expresa del uruguayo, qué mejor embajador vivo del Liverpool para escuchar en directo el desafío del galardonado. Suárez se había preparado el discurso que el soci quería escuchar, una especie de patata caliente ahora en manos de su entrenador. Su silueta ensanchada de los últimos meses se va puliendo a contrarreloj, los goles a la benévola Omán han sido la inyección oportuna para demostrar que él, en un futuro no muy lejano, también puede entrar en la factoría de Balones de Oro del Barça. Atrás quedó el mordisco y sus devastadoras consecuencias; Luis se ha alejado del runrún mediático para entrenar y dormir en casa de los suegros, un bucle pesado pero necesario. Con una vida casi monacal sin actos publicitarios ni entrevistas, Suárez lo fía todo a una carta: la repercusión mundial del Madrid-Barça.

Preocupa en Can Barça su falta de ritmo, las sensaciones oxidadas después de tanto tiempo, pero Luis Suárez tiene coartada para devolver toda es a ilusión de un plumazo. El ejemplo más sonado, y que le consta personalmente al delantero (su gente –hoy llamada entorno- se lo recordó con vídeos) es el de Ronaldo Nazario. El ‘gordito’ fue un capricho de Florentino Pérez en plena efervescencia mundialista de 2002 con el pequeño gran inconveniente de arrastrar una rodilla averiada de arriba a abajo. Aquella lesión con lloro desconsolado incluido en el Lazio-Inter estuvo a punto de noquearle para siempre, tanto que los médicos más pesimistas intuyeron que Ronaldo sólo volvería a jugar al fútbol con una rodilla biónica. Su brutal ejercicio de superación culminó con la victoria en Japón y Corea, pero su físico había dejado de ser aquella manada de búfalos que años antes había acuñado Jorge Valdano. Ronaldo tardó en debutar con el Madrid porque su carrocería soportaba seis o siete kilos más de lo indicado. Sesiones eternas de carrera continua y piscina cubierta aligeraron el peso suficiente para que la rodilla no sufriese. Fue entonces cuando los servicios médicos le autorizaron para debutar aquella tarde apoteósica contra el Alavés.

A Luis Suárez no le han cazado en bañador, pero sí con la sudadera empapada de sudor. La desproporcionada sanción de FIFA le ha enjaulado demasiado tiempo, permitiéndole sólo celebrar discretamente los goles en las pachangas de Sant Joan D’Espí. Admira cómo Ronaldo aguantó la presión de ser el tercer fichaje galáctico (Figo y Zidane fueron los primeros) y, lejos de competir con Messi y Neymar por el protagonismo en la próxima superproducción hollywoodiense (o sea, el Madrid-Barça), quiere reencontrarse a sí mismo. Al fin y al cabo, todo depende de la valentía de Luis Enrique. Él, como jugador del Real Madrid, vivió aquel clásico del 92 en el que el árbitro Díaz Vega replicó las críticas de Johan Cruyff diciendo que el holandés “se cagaba en los pantalones cada vez que iba al Bernabéu”. Pero al asturiano le gusta atacar por tierra, mar y aire sin esperar a entrar con el balón en la cocina: con Luis Suárez la artillería pesada ya está armada.

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