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La reverencia de Anfield

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Anfield rindió su tributo a Cristiano Ronaldo. En señal de gratitud, el estadio aplaudió al unísono su cambio por la enésima actuación galáctica; lástima que todavía no haya encontrado en los campos de España esa reverencia. Culpa suya por unos cuantos años de chulería y también de esa corriente antimadridista que no aguanta el desfase abusivo entre los dos señores de la Liga y el resto de vasallos. De repente, el Madrid pintó un cuadro digno del museo del Prado, como el de Munich de la Champions pasada. Quizás sean sus dos obras maestras, las que el público guardará en la retina para presumir que el fútbol no es sólo pegada. También los blancos saben impartir su vertiente de tiqui-taca, con más velocidad y menos pases. La verticalidad de este equipo supera la de una pared de noventa grados: desde que Toni Kroos cede el balón a Modric la apisonadora se activa para triturar defensas, porteros y hasta los tres palos, si hace falta. A los mandos el de siempre, el Hércules portugués considerado por su vestuario como el mejor de todos los tiempos: “¿Homenaje a Messi? A Cristiano, que es el mejor”. Sin vacilar, Arbeloa daba carpetazo a una polémica surgida del pique motivado por el inoportuno Javier Tebas, presidente de la LFP. Y el propio CR7, consciente de que cualquier desliz cabe en portada, echó balones fuera: “No es un duelo Messi-Cristiano, es un Madrid-Barça”. Él sabe perfectamente cuándo debe empezar a venderse para el Balón de Oro.

Michel Platini lanzó el tomahawk esta semana: “El Balón de Oro lo debe ganar un alemán porque ha sido año de Mundial”. Cristiano se ha aplicado a sí mismo el silencia stampa pero está facilitando demasiado a los votantes su elección. Liverpool era hasta anoche territorio inexplorado por el Madrid y en poco más de media borró de un plumazo su leyenda negra con los reds. Anfield se quedó alelado, como hoy muestra el diario MARCA en portada, ante el portugués y el potencial devastador de un equipo construido para volatilizar todo lo que se le ponga por medio. Y mucha culpa de ello lo tienen los dos guardaespaldas que se han ganado la confianza del ‘bicho’. El primero e indiscutible sigue siendo Benzema. El ‘nueve’ que mejora a otros ‘nueves’ también golea como un killer del área, aunque le repateé ese rol. Al principio del partido falló dos pases porque James todavía no estaba donde debía, quizá porque el francés lee el fútbol más rápido que casi todo el mundo. Sólo Cristiano sabe compartir confidencias con el otrora monsieur empané. Ahora ya no está en el limbo; al contrario, también se ha contagiado de ese apetito voraz e insaciable del personal. Debió pensar que en este Madrid quien no corre, vuela y, por eso, no meter goles es de pardillo.

A Benzema le pone construir jugadas como si fueran mecanos y ahí encuentra la sana oposición de James Rodríguez, la revelación del equipo, Su pase de media vaselina a Cristiano en el primer gol recordó, salvando mucho las distancias, al de Laudrup a Romario en aquel fantástico gol a Osasuna. James se va a divertir mucho imaginando combinaciones imposibles con los de arriba: su zurda es un guante de seda para trazar centros con escuadra y cartabón, y disparar proyectiles inteligentes. Parecía que no (prejuicios absurdos de periodistas), pero el colombiano está dando que hablar. Y, paradojas tácticas, a James le viene mejor que a Bale jugar en su banda antinatural; desde la derecha templa el balón mientras que al galés le vendría mejor la izquierda como pista de atletismo. Está claro que mientras todos los males de Ancelotti sean pintarrajear su pizarra, Florentino no tiene de qué preocuparse.

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