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Barça probeta

“Se ha abierto la veda”. La intuición no le falló a Luis Enrique en la rueda de prensa posterior al batacazo del Celta. Menos de cuarenta y ocho horas después, Johan Cruyff, extinto gurú del barcelonismo para al actual directiva, lanzó un mísil por tierra, mar y aire que ha revuelto a la opinión pública. En un discurso made in Groucho Marx, el holandés soltó una simpleza quizá no tan simple: “Para hacer funcionar al equipo, primero hay que saber lo que funcionaba para darse cuenta de lo que no funciona”. Y apenas basta un puñado de partidos para darse cuenta que el Barça tiene averiada la sala de máquinas, el sitio donde empezó la génesis de la época dorada de Guardiola. Sin hurgar en el morbo (sabido es el odio sarraceno que se profesan Cruyff y los ejecutivos del club), el ex entrenador se ayudó de premisas filosóficas para describir el galimatías táctico que está confundiendo a Luis Enrique: “Si el primer defensor es un atacante y el primer atacante un defensor, entonces no sólo hay tres jugadores”. La prensa busca en Cruyff un titular facilón para vender por qué no funcionan de momento los tres magníficos. Ellos son los hombres del momento, los que arrasan con sus goles en las portadas y también los primeros monigotes en el juego periodístico del pim, pam, pum.

Andrés Astruels es una de las grandes voces autorizadas para hablar del cruyffismo y de cualquier injerencia que lo ataque. “En los noventa, cada derrota del Barça apuntaba a Koeman, Laudrup y Stoichkov”. Eran los tres magníficos de entonces, las estrellas que llamaban la atención en cualquier estadio sin llegar a ser las multinacionales que fabrican talegadas de dinero con las botas puestas. El pequeño gran matiz de aquel Barça del primer toque con el trailer que intenta arrancar Luis Enrique es que antes había un ídolo por línea. “Koeman sacaba el balón con centros inteligentes mientras desempolvaba el cañón; Laudrup patentó el departamento de creatividad, mientras que Stoichkov era el ejecutor por excelencia”. Una descripción perfecta del engranaje de aquel reloj suizo que lo hacía todo perfecto mientras hubiese un balón por medio. Guardiola, otro actor principal de ese Barça, llevó la idea hasta el extremo, obsesionado con la posesión útil e inútil para demostrar que sí es posible marear a los rivales llevándoles la pelota hasta su cocina.

Pero la sensación del nuevo proyecto es el de una probeta detrás de otra. Apenas encaja goles pero carece de de inmunidad defensiva. De repente, el Camp Nou siente nostalgia de un Carles Puyol, a quien la temporada pasada se le había pedido a gritos una jubilación extraordinaria. Piqué no puede ni quiere salir del ojo del huracán; Mathieu funcionó de central hasta que cavó su tumba de lateral en el Bernabéu; Bartra es una sospecha permanente y sólo Mascherano, más ‘jefecito’ que nunca, intenta aguantar sobre sus espaldas la mole defensiva. La radiografía continúa hacia arriba, con el paciente quejándose de un fuerte dolor de pecho porque el doctor Luis Enrique no le ha recetado el medicamento adecuado. A Iniesta se le espera su primer número de magia del año y Xavi es una enigma constante, con un motor diesel que carbura, se gripa, carbura…

Dolor de cabeza no sufren. El Celta salió vivo del Camp Nou tras recibir una somanta de palos y largueros, literal. Y la inercia goleadora de Messi, Neymar y Luis Suárez no se debate, sí sus ubicaciones en el campo. Messi se ha distanciado de la portería para buscar asistencias o las arrancadas explosivas que todavía no llegan. En cambio, Neymar sí está fino, con la guadaña alzada cada vez que pisa área o encuentra la mirada cómplice de Leo. Es esa simbiosis la que está buscando Luis Suárez, el último de la fila. En el Bernabéu demostró maneras y, como dice Paco González, “sólo es un mínimo porcentaje de lo que puede flipar el Camp Nou”.  Como dice Cruyff, “es cuestión de que encajen”; claro que el holandés ya olió problemas el año pasado con “dos gallos (Messi y Neymar) en el mismo corral”. Imagínense tres.

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