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Mito intocable

Leo Messi se hzo eterno. Habló en el césped alto y claro, porque ni siquiera amagó con agradecer delante de un micrófono los aplausos de tantos años. El Camp Nou entero le rindió pleitesía y demostró que Messi, en versión exultante o taciturno, ya es un mito intocable. No en vano, el público no fue ajeno al tsunami de noticias que provocó la advertencia del argentino en el diario Olé, y subió exponencialmente los decibelios de los silbidos cada vez que Bartomeu y Zubizarreta aparecían en el vídeo homenaje del marcador electrónico. La COPE informó el pasado miércoles que el misil verbal de Messi contra la convulsa directiva había sido premeditado: Bartomeu es sólo la extensión del desaparecido Sandro Rosell, cuyos delirios para que Neymar sea el futuro del Barça acabarán cumpliéndose a contrarreloj, antes de que el proyecto pueda quemarse en las próximas elecciones. Si el presidente del Real Madrid ha peleado cinco largos años para presumir del Balón de Oro de Cristiano, los dirigentes azulgranas intentan exprimir a Neymar en sus medios de comunicación afines en detrimento de Messi. Ese tacto corrosivo ha molestado al argentino.”Eso no se le puede hacer a un astro”, dijo Diego Maradona en plan paternalista la tarde que Rosell anunció el fichaje de Neymar.; ‘El Pelusa’ explicó entonces que a los números uno “no sólo se les debe cuidar con plata” (Messi tiene el salario más alto del fútbol mundial después de una buena ristra de ampliaciones de contrato). Y parece cierto, los genios son caprichosos y, lejos de encabritarles, hay que entender sus preocupaciones para que no escondan el genio, precisamente.

Tenía ganas de olvidar los trapos sucios y respondió a esa prensa de caverna que tanto le ha repetido sus arcadas, vómitos y actitudes indolentes. Messi cerró su caja de Pandora volviendo a disfrutar como un enano. En el primer gol se olvidó de cualquier lío palaciego y se concentró en colocar el balón en la escuadra; en el tercero, reeditó su jugada favorita: zigzag entre defensas con pase incluido a un compañero y remate raso inapelable desde el balcón del área. El récord de Zarra había aguantado demasiados partidos y Messi necesitaba redimirse ante su gente por ese torrente de rumores y sospechas que le había pillado por tierra, mar y aire. Ni el mismísimo Ronaldinho, que le aupó a su espalda en el momento que Leo marcó su primer gol en Primera División contra el Albacete, habría imaginado una explosión tan meteórica. Dinho fue su tutor en diabluras con la pelota y en 2005 intuyó que ese retaco tímido agitaría la historia del fútbol como si fuese una coctelera. Pero jamás pensó que en menos de una década Messi quedaría inmortalizado; más que nada, porque no ha sucedido con nadie más en tan poco tiempo. Quien sí advirtió ese brote de Balón de Oro fue el periodista Roberto Martínez, que en 2001 publicó un artículo en Mundo Deportivo describiendo las “bestialidades” del chico rosarino del Cadete B del Barcelona. Un tal Leo Messi ya se comía el mundo de su edad junto a Cesc Fábregas y Gerard Piqué, entre otros. Chapeau por el ojo clínico del periodista.

De récord en récord y ahora a buscar más motivaciones. Quizá la primera sea desempolvar la figura del Messi explosivo, el que está quieto y de repente arranca unos metros con el balón para volatilizar partidos. LLevaba tiempo deambulando por el césped, más desconcertado y desmotivado que ahogado físicamente. Al final, todo (o casi) es problema de cabeza. Y Messi entendió anoche que el Barça no es la sombra de Rosell delegada en Bartomeu, son los cientos de miles de devotos que le aman y nunca podrán agradecerle del todo la década orgiástica que han disfrutado. Y lo que todavía queda, porque Messi con 27 años ha entrado en una etapa madura en la que tendrá que ir reinventándose para seguir en el pedestal más alto. Zarra cayó al segundo y ya mira con temor hacia abajo, donde un cohete portugués sube pies a toda velocidad.

 

 

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