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El problema es el pasado

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Pep Guardiola jamás habría imaginado una distancia tan sideral entre el prodigio que él dejó y cualquier Real Madrid. En una conversación con su mano derecha, Manel Estiarte, durante su último año en Can Barça, el entrenador le comentó que “el modelo fabricado por Cruyff y moldeado por él tendría larga vida con o sin títulos” si nadie lo rociaba con gasolina. Han transcurrido dos temporadas y media, y el barcelonismo recurre con nostalgia a la final de Wembley de 2011, en la que el mundo presenció el último gran monumento al fútbol. Para un público tan acostumbrado al Circo del Sol, es duro asistir ahora a funciones de teatrillo de barrio. Lo sufrió en sus carnes Sir Bobby Robson cuando aceptó el encargo de comerse el marrón de la era post Cruyff e incluso al propio Guardiola, de quien el Camp Nou murmuró justo en su inicio que el banquillo dejado por Rijkaard le quedaba demasiado grande. Luis Enrique fue entrenador por Robson y Rijkaard y compartió vestuario con Guardiola. Pero ni siquiera en esa amalgama de ideas Luis Enrique puede ser encasillado.

El Getafe fue la enésima prueba de que el algodón no engaña y, a falta de veneno, se asoma una crisis galopante de estilo. La inspiración divina de Messi a veces se queda a pulgadas del gol y contagia a todo el equipo. Ni siquiera Iniesta, experto en sacar conejas de chisteras, se desmarca de esa extraña vulgaridad que arrastra su equipo. “Ni ellos mismos se reconocen”, comenta uno de pesos pesados del Dream Team. Leí un tuit fantástico ayer que decía que este Barça es un homenaje al New Team de Oliver Atom de Campeones, la famosa seria animada de los noventa. Y sí, da la impresión que si Messi no reclama el papel  de Oliver o su archienemigo, Mark Lenders, el resto juega al nivel del tuercebotas Bruce Harper.

Para el exquisito paladar del socio culé, ya no se trata de golear sino de volver a la génesis del balón que ha distinguido al Barça en eso de més que un club. “No podemos vivir del pasado”, es la cruda realidad que explica el capitán Xavi en una entrevista en El País Semanal. Las comparaciones, aparte de ser odiosas, suelen ser psicosomáticas en determinados vestuarios. Y el del Barcelona no es una excepción. El problema es el de siempre: por dos veces (Cruyff y Guardiola) el club se ha encontrado con un modelo perfecto en estilo, arte, jugadores y cantera. Ver al Barça era divertido, así de simple. Es la conclusión que les atormenta desde que Pep exigió a Sandro Rosell el despido de Piqué, Alves, Cesc y Villa, los que a su juicio iban a provocar inestabilidad futura.

Luis Enrique ha ido a pecho descubierto con sus ideas: a Xavi le retuvo sin la garantía de la titularidad; a Deulofeu, la joya de La Masía, le echó por vago y a cualquiera que se rebrinque, no tendrá inconveniente en cantarle las verdades del barquero. Las suyas, claro. Pero, aunque no lo confiese delante de las cámaras, es consciente que entrena a un Barça de Hacendado que podrá gustar más o menos, pero que no merece el gasto de un capricho. Quizá el asturiano necesite la manoseada coartada de la adaptación; el inconveniente es que ni Barça ni Madrid toleran la paciencia. Es ganar o a la calle. O, al menos,  intuir un futuro grandioso (como pasó con Rijkaard en su primer año con Ronaldinho). De momento eso tampoco sucede. 

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