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El Monte Rushmore

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Iker Casillas advirtió en una entrevista con Cuatro en Marruecos que debían “mantener los pies en el suelo por miedo a volver estamparse como en 2004”. El capitán todavía recuerda aquella caída libre que provocó el llamado ‘galacticidio’ y, por eso, sospecha de tanta adulación. Hace una década la puesta en escena era parecida: un equipo construido, entonces mediante la filosofía de ‘zidanes y pavones’, para barrer en todas las competiciones. Y, desde luego, las intenciones no podían ser más prometedoras: líderes en la Liga sin nadie que les tosiera, y aspirantes casi exclusivos en Champions y Copa. Precisamente, la final de Montjuic contra el Zaragoza fue sólo la punta del iceberg que comenzó a resquebrajar el Titanic de Florentino Pérez. Semanas más tardes, Zidane susurró al oído de Ludovic Giuly en el descalabro de Mónaco que estaban literalmente “agotados”. Dicho y hecho. El Madrid más mediático de la historia devorado por sí mismo en apenas un puñado de partidos.

El Madrid de Ancelotti colecciona títulos a un ritmo vertiginoso porque se contempla a sí mismo como un gigante entre liliputienses. Y la realidad momentánea no le engaña: jugando al tran tran, ha levantado el Mundial de clubes con las pantunflas puestas. Es cierto que la competición no le ha exigido esfuerzos hercúleos porque el Cruz Azul hizo honor a su fatídica historia doméstica (18 años sin ganar la liga mexicana) y San Lorenzo de Almagro demostró media ración de agresividad y nada más. Con el trofeo en el zurrón, los merengues cierran un año de festín y afrontar el 2015 con un reto aún más ambicioso: meter mano de alguna manera al inolvidable Barcelona de Guardiola. A diferencia de 2004, la plantilla sí tiene esta vez suficiente fondo de armario: Isco dejó de ser banquillero de lujo para convertirse en un titular casi imprescindible con la lesión de Modric. Y Khedira ahora sí quiere renovar, a la vista de que un campeón mundial como él no quiere quedarse fuera de una foto que puede ser, sencillamente, bestial.

Casillas rebajó la efervescencia del momento, consciente de la cuesta de enero que se avecina. Arrigo Sacchi comentó el sábado en Italia que ve a un Madrid “poco fresco”. Y la vuelta de vacaciones no tiene falso llano: para empezar un regalo envenenado en Mestalla y días después las batallas coperas: primero, los derbis madrileños y, en caso de supervivencia, la madre de todos los partidos. Ahí es donde Ancelotti tendrá que impartir otro máster de gestión de equipo: repartir minutos a Jesé, Varane e Illarramendi; dar descanso a Benzema y Kroos; y convencer a Cristiano de que no podrá alinearse por capricho porque la primavera lo decide todo. Y repetir Champions es el sueño platónico dentro del vestuario (esto es información y no opinión).

Desde la temporada 2003/2004 el madridismo no había estado tan ilusionado. Aquella instantánea con Ronaldo, Zidane, Figo, Beckham y Raúl en la gira asiática quedó inmortalizada como el mayor casting de estrellas jamás reunido. Pero en todo este tiempo, el monte Rushmore ha cambiado de rostros, como no podía ser de otra manera. Cuando parecía que Cristiano no admitía personajes tan influyentes como él, ha aparecido Sergio Ramos, cuyo ascenso meteórico desde la “clase media” (¿recuerdan a Helguera, Makelele, Míchel Salgado?) al salón de los VIP se intuía fácil. En las nuevas caras también se puede esculpir la de Casillas, pero ya saben: él no es galáctico, sino de Móstoles. Lo dijo entonces y lo sigue pensando ahora.

 

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