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¡Fernando Torres, Atletico’s number nine!

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El ‘profe’ Ortega acabó confesando su nombre tras hacerse el remolón durante unos instantes. “Vale, les puedo decir que el futbolista mejor dotado físicamente que he entrenado ha sido Fernando Torres”, dijo en El partido de las 12. No se trataba de una entrevista mamporrera para sacarle morbo a la actualidad sino una plática (como le gusta decir al preparador físico del Atlético) sobre sus métodos de trabajo con Simeone. “Torres no corre, se desliza sobre el césped casi como si levitase”; no es la primera vez (ni la última) que al ‘Niño’ le caen metáforas sobre su elegante carrera de guepardo que recuerda a la de Nicolas Anelka en sus años prometedores del Arsenal. El ‘profe’ lo explicaba con una sonrisa picarona, como si intuyese ya en octubre que volvería a pulir esa figura del Discóbolo de Mirón que tanto admira. Si era un mensaje encriptado, ninguno de los periodistas presentes en el estudio se percató; pero si era un vaticinio, habrá que dar más la vara a Ortega. El caso es que Fernando Torres regresa con su hinchada, la que nunca le desmitificó, ni siquiera cuando decidió apearse de una experiencia ruinosa la noche que el Barcelona desangró al Atleti en el Calderón (0-6). Entonces, el delantero fuenlabreño decidió poner su talento al servicio de un proyecto seductor, no en España sino en el Spanish Liverpool que Rafa Benítez había puesto tan de moda.

El cambio no admitió sitio para el arrepentimiento. El fútbol vertiginoso y directo de la Premier le dio a Torres borbotones de tinta para dibujar filigranas y goles inimaginables. Al compás de Steve Gerrard y con la batuta reposada de Xabi Alonso, el ‘niño’ se volvió ‘beatlemaniaco’. El contraataque red parecía fabricado a su medida y su galope, al contrario que en el Calderón, sí encontraba delante balones calibrados con escuadra y cartabón. Su dimensión se agigantó tanto que pasó de ser un ídolo de barro en Madrid (aunque en el Atlético nunca lo reconozcan) a uno de carne y hueso; la prueba de que el algodón no engaña se la dio Anfield con ese tributo musical del Fernando Torres Liverpool’s Number Nine. Sí, su club podía presumir de misticismo y rituales únicos, pero no de la fuerza del dinero. La prensa inglesa murmuraba que Torres necesitaba retos y no ritos en clubes más competitivos. Y el Chelsea de Abramovich abría las arcas del tío Gilito cada año para intentar asaltar la Champions. Fue en el mercado invernal de la temporada 2010/2011 cuando, tras un tira y afloja de regateos, el Chelsea puso sobre la mesa una oferta definitiva de cincuenta millones de libras. “Demasiada pasta como para dejarla escapar”, aseguró el legendario Ian Rush, tercer máximo goleador en la historia red. De Merseyside a la opulenta ciudad de entrenamiento de Cobham en el helicóptero privado de Abramovich. Así pisó Torres por primera vez su nuevo club para pasar el pertinente reconocimiento médico.

El desorbitante traspaso le pasó factura o, al menos, pesó en su responsabilidad. De repente, el goleador sufrió una de esas crisis pasajeras de los ‘nueves’ que se alargó en el tiempo. La confianza de los aficionados blues  iba desapareciendo a la misma velocidad que se incrementaban las sospechas de la prensa que cubría el Chelsea. Un solo gol en tres meses sirvió de carnaza para los mordaces tabloides británicos. Y unas declaraciones a la web de la Liga Española en las que dio a entender que su equipo jugaba con tíos muy lentos corrieron como la pólvora en Stamford Bridge. Estuvieses o no malinterpretadas sus palabras, Fernando Torres necesitaba cada gol para reivindicar cada uno de los cincuenta millones invertidos en él. Pero el ‘niño’ siempre ha tenido esa flor que tanto se alaba en Iker Casillas: su segunda temporada con el Chelsea se saldó con la Champions y un gol suyo en el Camp Nou para finiquitar las semifinales. Sus actuaciones eran de banquillero porque Roberto Di Matteo contaba con la presencia intimidante del gigantón Drogba. Un año después y otra vez con Benítez, aunque de forma transitoria, el Chelsea repitió éxito en la Europa League con gol incluido de Torres en la final. Ya no era aquel delantero estilizado y grácil que corría treinta o cuarenta metros como un velocista jamaicano; había ganado corpulencia y se había adaptado forzosamente al fútbol romo y pesado de su equipo. Mourinho no fue la excepción; al revés, sus minutos en el campo escasearon en beneficio de un Samuel Eto’o trabajador y sacrificado.

Torres había vuelto a tomar otra decisión el pasado verano como en 2007: su futuro en el barracón de Mourinho pintaba demasiado grisáceo y un Milan de Mercadona llamó a su puerta. El Calcio exige tiempo para amoldarse a su estruendo físico y el delantero madrileño apenas había entrado en la fase de cortejo. Ni a él le gustaba ni el Milan tampoco ha encontrado el revulsivo exprés que buscaba. Pero la suerte no le ha dado la espalda totalmente: Simeone pidió precio por él en verano y, como adelantó Antonio Ruiz en COPE el pasado 12 de diciembre, el Atlético ha acelerado las gestiones para contratarle este verano. El italiano Cerci ni siquiera ha sido una anécdota, por lo que el todavía mito rojiblanco se batirá el cobre con la tanqueta croata Mandzukic. Dos estilos antagónicos que darán soluciones diferentes al ‘Cholo’. Porque a Koke le da lo mismo poner pases en carrera que centros inteligentes al área. En ambos casos siempre habrá respuesta. El Calderón prepara la alfombra roja para recibir a su ‘niño’ que no llegó a forjarse en un hombre con la misma camiseta. Hace siete años y medio el Atleti le suplicó a él recuperar su dañada historia. Fue una responsabilidad demasiado violenta. Hoy es diferente: Torres vuelve para encontrarse a sí mismo, mirar a los ojos al club de su vida y explicarle por qué se fue y por qué iba a regresar algún día.

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