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A la morgue sin pegas

La camiseta del Madrid se puede manchar de sudor y barro, pero nunca de vergüenza”. Palabra de Don Santiago Bernabéu. A Raúl González se lo recordó un periodista español en la zona mixta de Anfield instantes después de que su equipo deshonrara el escudo. La noche de los cuchillos largos de Liverpool fue una de las motivaciones para que Florentino Pérez volviese a escena en medio de la decadencia presidencial. La Champions contempló el ridículo histórico de un Madrid que saltó al césped intimidado por el atronador You’ll never walk alone. La competición fetiche de la historia merengue pedía a gritos un cambio, porque aquel 4-0 no fue la enésima maldición de los octavos (la siguiente temporada sucedería la del Olympique de Lyon) sino la defunción definitiva de un equipo que, lejos de pelearle al Liverpool, se fue directo a la morgue sin poner pegas.

“El 4-0 del Atleti da más vergüenza que el 5-0 de Mourinho en el Camp Nou”. Lo dicen los pesos pesados del vestuario blanco. Al fin y al cabo, aquel Madrid salió con un plan que, aunque mal ejecutado, Mourinho practicó durante la semana previa. Se trataba de la curiosa teoría del ‘triángulo de presión alta’ o, dicho coloquialmente, el ‘trivote’ que tanto gustaba al portugués y que reventó con dos goles rápidos del Barça. El derbi del sábado murió para el Madrid en el cambiador, cuando ningún futbolista titular intuía que el Atleti saldría como un rottweiler a morder la yugular desde el primer segundo. Un equipo que se estiraba y replegaba como un acordeón contra una banda convencida de que la estadística reciente no podía ser tan fatalista. La línea entre la gana y la desgana la trazó Godín, quien se negó a salir del campo con la nariz fracturada: “sólo me voy del campo si me matan”, dijo el ‘mariscal’ uruguayo a sus médicos mientras le colocaban el aparatoso vendaje. Con tal pasión, y con el resquemor causado por esa extraña corriente de opinión que define al Atleti como equipo macarra, peleón (en el sentido despectivo) y, en definitiva, violento, los rojiblancos partieron por la mitad la pizarra de Ancelotti jugando un fútbol más reserva que crianza. Ellos no tienen ‘BBC’ ni tridentes de exposición como el de Messi, Neymar y Suárez, pero atacan y defienden como una falange espartana. Un pequeño resquicio entre los escudos y el resultado puede ser nefasto.  Simeone convertido en el rey Leónidas sin miedo a morir contra un imperio persa descabezado, que se mueve torpemente como un cíclope, y que choca brutalmente contra los espartanos en el angosto desfiladero de las Termópilas. Así se siente el Real Madrid en la nueva era de los derbis.

Martí Perarnau cuenta en su libro Herr Pep que Guardiola conoció y compartió cenas en Nueva York con el mítico Gary Kasparov durante su año sabático. Y en una de esas veladas, Kasparov confiesa al actual entrenador del Bayern que le sería imposible ganar al jovencísimo campeón mundial Magnus Carlsen. La reflexión impresiona tanto a Guardiola que le pregunta por qué, a lo que el genio ruso replica sin argumento “porque es imposible”. Ancelotti tampoco encuentra explicación a su fobia patológica. El Atlético ha pasado de ser el hermano pequeño del Madrid que se llevaba todas las collejas a un tipo hecho y derecho, que no sólo ha madurado sino que supera a su hermano mayor en físico (en cualquier línea del campo) e intelecto (la batalla del centro del campo fue crucial). Y eso que el Madrid andaba lisiado con tantas lesiones, aunque poco habría importado: el ‘Cholo’ le ha puesto a su vecino la camisa de fuerza y está a punto de ingresarlo en el manicomio. La coartada merengue sigue siendo aquel minuto 93 de Lisboa, pero los últimos acontecimientos invitan a pensar que la cabecita de Ramos sólo se cree como un milagro de Fátima.

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Una respuesta a “A la morgue sin pegas”

  1. madridista dice:

    Joder, Vanaclocha, lo único que no mencionas es lo del tragabolas, que hizo, por cierto varias magníficas estatuas. Pues algunos debeis recordar, que no sólo es el portero (titular gracias a vuestra insistencia) sino el capitán, luego él debería recibir ese mismo rapapolvo que recibió, según tú, Raul

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