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La semiautomática de Luis Suárez

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Necesitaba goles en un partido con solera. Generoso en el esfuerzo, el Camp Nou había aprendido a convivir con sus robos de balón, los choques contra defensas de hormigón y esa obsesión permanente por agradar a Messi. Sí, Luis Suárez llevaba meses sacrificando su ego personal y había aprendido a “esconder la ira y ensayar una sonrisa delante del espejo”, como Batman en El caballero oscuro.  La prensa inglesa desplegó durante toda la semana su colección habitual de provocaciones y, aprovechando la versión negada del uruguayo, empapelaron los tabloides con titulares tan dolientes como ‘mordiscos’ o ‘dentelladas’. Suárez ha comprendido que el Barça tiene jerarquías que respetar; por de pronto, al dios Ra argentino y, en un escalafón inferior, a Neymar. Conoce su ubicación en el campo y en el vestuario; la primera ya no es la de fabricar goles en cadena como en Anfield, y la segunda es la de un crack silencioso que agigantará su figura el día que Messi se canse definitivamente. Será entonces cuando el club conciba a Neymar como futuro Balón de Oro. Pero Inglaterra le debía una revancha, porque haber sacado a los pross del Mundial de Brasil a golpazos no lo consideró un logro personal. El sensacionalismo británico había preparado la guadaña para descuartizar al barcelonista y, de repente, su muñeco de pim,pam, pum defraudó a todas esas plumas afiladas.

Luis Suárez dejó en Barcelona la escopeta de balines y se llevó a Manchester una semiautomática. Batió a Hart dos veces por abajo, y la inspiración del portero evitó el puñado de goles. En el primero, esperó su turno en el segundo palo como buen delantero y se la cruzó al meta del City; el segundo lo engatilló en el área pequeña tras un pase de la muerte del correcaminos Jordi Alba. A Pep Guardiola le habría encantado contar con este Luis Suárez, híbrido entre un ‘falso nueve’ y un boya de waterpolo. Sus movimientos son demasiado escurridizos como para pegarle a la chepa un rottweiler: su colocación recuerda a la de Karim Benzema, tan productiva fuera del área como letal en la cocina. Bueno, todavía le falta una ristra de goles para presumir, pero no es más que una simple cuestión de rachas. El ‘caimán’ devoró al Manchester, y sólo la mala suerte de Messi desde el punto de penalti lo dejó con vida.

El inesperado trompazo ante el Málaga y las fotos de Messi y Piqué en la puerta del Casino de Barcelona habían dado carnaza suficiente a la prensa incendiaria. Otra derrota en el Etihad y el cumpleaños de Cristiano Ronaldo habría quedado como anécdota. El equipo lo sabía y, por eso, salió a tumbar al miedoso City de Pellegrini, al que la fatalidad de los octavos le va a perseguir por los siglos de los siglos. Con una plantilla de quinientos millones de euros, la grada citizen esperaba un City envalentonado, rabioso por la eliminación de la pasada Champions. Todo lo contrario: el gigante inglés recibió puñetazos en la cara y devolvió caricias, hasta que el Kun Agüero detuvo el ridículo. Ya era tarde, porque ni Pellegrini había conjurado ninguna remontada ni el propio Kun se vio con fuerzas para poner patas arriba su estadio. El Barça demostró en la primera parte que, cuando quiere, revienta a cualquiera. Y Messi falló un penalti que no oculta su enésimo partidazo. Lejos de golear, se convirtió en la amenaza fantasma. Luis Suárez no se cansa de darle las gracias porque “con Leo todo es más sencillo”. Claro, así cualquiera. 

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