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Neymar: ¿por qué yo?

Davor Suker acabó hartándose del descarado ninguneo. Fabio Capello cumplía escrupulosamente su rito favorito casi por inercia: minuto 75, ganase o perdiese el Madrid, Suker se iba a la ducha. Y en su arte del despiste, el técnico italiano sabía interpretar el cambio en cada ocasión: si marcaba un hat trick, salía del campo para recibir la ovación; si debía amarrar el resultado (su táctica fetiche), Suker era el elegido; y si tocaba remontaba, la ruleta rusa también apuntaba al delantero. El fatídico minuto 75 irritó tanto a Suker que, después de un entrenamiento en la vieja ciudad deportiva de La Castellana, se dirigió al sargento Capello y le pidió explicaciones. La conversación textual nunca fue desvelada por el croata, pero Suker siempre se quitaba el muerto aludiendo a “cuestiones tácticas”. Tarde o temprano, Neymar pedirá audiencia con un Luis Enrique que anoche elevó las sospechas al cuadrado. Preguntado por el sorprendente cambio, el técnico retó a la prensa por enésima vez y escurrió el bulto con una simplona “chuminada”. Suker se atrevió a replicar las férreas decisiones de Capello, pero Neymar rellena la hoja de reclamaciones torciendo el gesto. Cualquier palabra vale la de un mudo.

Los periodistas de la sala de prensa del Pizjuán no insistieron demasiado. Luis Enrique había dado carpetazo la “tontería”. Si hubo explicaciones de pizarra, sólo míster y vestuario lo supieron. El resto del planeta Tierra sólo entenderá que a Neymar le cortaron las alas en pleno apogeo: autopases imposibles, quiebros de ballet y un golazo lanzado en una falta simplemente por probar. El brasileño se asoma como futuro Balón de Oro, pero de momento es un astro con ínfulas ‘maradonianas’ o, más actualizadas, de Messi. Su estatus todavía no se acerca al del argentino, aunque desde la planta noble del Camp Nou le estén macerando en oro líquido. Con Luis Enrique los conatos de rebeldía pasan factura y el mismo Neymar que levitó sobre el césped de Sevilla, se había movido como los “pollos sin cabeza” de J.B. Toshack entre bajones físicos y el cumpleaños de la hermana. Suerte que no apareció un Kevin Roldán de testigo indiscreto. Conociendo la fachada del técnico azulgrana, no será la última vez que Neymar sufra la maldición del minuto 75 (en su caso, el 73).

Habemus Liga y la prensa del Barça que cubre al equipo sin fanatismos (¿la hay?), si tiene ganas, jugará a Carl Bernstein y Bob Woodward. Investigar por qué Luis Enrique saca del campo a Neymar con la misma facilidad que Messi golea implica dos esfuerzos: preguntarle, recibir el tortazo a modo de ironía (muy del gusto del entrenador) y repreguntar por esa “cuestión táctica” que nunca ha confesado Suker. Si Neymar quiere sentirse importante en este Barça, la gente necesita saber qué chirría en el minuto 75. Porque, al final, el jugador acabará rajando en una entrevista furtiva de su país. Cuanto más lejos la onda expansiva, mejor. Siempre sucede lo mismo.

  

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