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Iniesta de mi vida

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Iniesta no ha regresado. Nunca se fue, aunque sí llevara tiempo en modo pausa. Y en ese intervalo de murmullo, de sospechas por una insidiosa jubilación anticipada (como Xavi), el manchego reeditó aquella foto con tropecientos rivales a su alrededor, imitando la jugada más imposible de Oliver Atom. El Barça necesitaba su versión mundialista, molesto por esa comparación mediática con Isco que dejaba al manchego a la altura del betún, porque la Champions exige a cada estrella afilar su talento cuando desenrolla la alfombra roja. Y en ese rol de casi dios (no es una hipérbole), el Camp Nou había tenido esa paciencia que las grandes aficiones nunca pierden con sus mitos: Anfield con Gerrard, Stamford Bridge con Frank Lampard, etc. Xavi, su antiguo compañero de diabluras, había demostrado a Luis Enrique que tomó la decisión correcta el verano pasado; Iniesta pidió tiempo a su entrenador hasta que encontrara la eclosión definitiva. Y de repente llegó en una noche sin urgencias, pillando a la grada a pie cambiado.

A la artillería pesada del Barça le hacía falta su armero más efectivo. No en cifras (cero goles y cero asistencias en Liga) pero sí en sensaciones. Que Messi mire de reojo al centro del campo y se reencuentre con el Iniesta de su vida, asegura el bienestar del balón. Al fin y al cabo, en este Barcelona traidor del cruyffismo la grada agradece que su manchego favorito entrecorte el aliento: junto a Messi, es la última reminiscencia de aquel fútbol de salón que inmortalizó Guardiola. Por eso, la primera parte de anoche es una obra artesanal casi a la altura de las que el equipo repitió partido tras partido no hace demasiado tiempo. Si es idea de Luis Enrique, su vestuario ha entendido tarde su galimatías táctico de principio de temporada; y si descubriéramos una autogestión, entonces el Barça es el más peligroso de los semifinalistas porque juega cuando quiere. Desde luego, es el más competitivo por una estadística única y demoledora: su octava semifinal en diez años. Y en esta Champions, se ha cargado a dos moles millonarias como el Manchester City y Paris Saint Germain. Sin el Barça por medio, uno de los pelearía por el título, por eso y con permiso del Bayern (o sin él), los azulgranas son el verdadero ogro de Europa.

Guardiola no quiere ver a su gente ni en pintura. No lo dijo él textualmente pero sí Pepe Reina en El partido de las 12. La herida del Real Madrid del año pasado seguirá supurando hasta que pase por Munich otro peso pesado. Y el Barça no es precisamente el más recomendable. Y eso que el Bayern dejó constancia de ese rodillo alemán que tanto gusta a Beckenbauer, pero al que Herr Pep prefiere dar su toque melifluo. El técnico catalán consiguió aplazar su apaleamiento público con una exhibición táctica y teórica que los estudiosos del balón grabarán en sus videotecas. Y el 5-0 de los primeros 40 minutos motivó una nueva corriente de opinión: un equipo que juegue sin laterales carrileros está muerto. La ausencia de Danilo pesó mucho a Lopetegui porque, con todo el descaro del mundo, los portugueses suelen volcar sus ataques en las galopadas del flamante fichaje del Real Madrid. Eso es lo que hizo Bernat para abrir la lata y construir la remontada bávara. Por cierto, Del Bosque suspira aliviado desde anoche: ha vuelto Thiago y su fútbol fulgurante. Y aunque sigue siendo un crack en potencia (maldita lesión), Guardiola le dio un abrazo cómplice después de la orgía goleadora. El hijo mayor de Mazinho no fue un capricho de Pep, es el futuro del Bayern sin exageraciones. Y de la selección española, a la que acaba de sacar de un marrón.

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