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Cristiano se sacude la kryptonita

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Le habían martilleado el oído con el nombre de Messi a todas horas: que si el argentino le iba a dar caza en el pichichi, que si la carrera por el próximo Balón de Oro tenía color albiceleste, que si el grito simiesco había sido el preludio de una racha espantosa. El paseo militar del Barça (y Messi) en Córdoba dejaban al Madrid al borde del abismo: ganar o suicidarse. Sin término medio. Y el Cristiano Ronaldo más atormentado de los últimos tiempos no parecía el héroe indicado para espolear al Madrid; al contrario, el superman portugués llevaba todo el año sin levantar el vuelo, asfixiado por la kryptonita que le obligaba a arrastrarse. Con la ‘BBC’ descuajeringada, el equipo le pedía a gritos un puñetazo, una advertencia a todos los enemigos de que Cristiano, exultante o tristón, siempre es el ‘bicho’. Fue entonces cuando pisó el Pizjuán y se cobró la cabellera del Sevilla más puñetero que se recuerda. Su descaro con el balón fue el presagio de la tormenta que se avecinaba: la tarde era en ese momento de Messi y la estrella lusa sabía que otra mala actuación pondría al Madrid en defcon 2, sobre todo con la inminencia del partido perro de Turín.

El detalle que diferenció al Cristiano de siempre con el desesperado y notas de los últimos meses fue su gesto hierático. Esta vez la ocasión fallida, el disparo torcido, venía acompañada del típico gesto de Rafa Nadal que no se lamenta por fallar una bola sino que espera mejorarla en el siguiente punto. El madridista dejó en el vestuario los aspavientos de su versión protestona y reivindicó su modelo CR7, el terminator programada para aniquilar defensas. Sus cabezazos de killer reabren un debate sano, futbolero de pura cepa: ¿quién rinde más: el Cristiano escorado en la izquierda sin reprís o el delantero centro que revienta el balón por tierra, mar y aire? Ancelotti lo tenía claro hasta ayer: el Madrid no necesita comprar un ‘9’ porque tiene al capo de los todos a sueldo. Ya sólo falta que Gareth Bale deje su posición invertida para jugar en la izquierda y la artillería pesada estará calibrada para un ataque total. Sin embargo, el galés sirvió a Cristiano el tercer gol desde su posición amorfa y Carletto tiene la coartada perfecta para mantenerle enjaulado.

Sergio Ramos también se ha reconvertido de la noche a la mañana. Se ha comido el marrón de Modric con disciplina espartana; su presencia en el centro del campo rellena de cemento armado una zona que sin el croata se resquebrajaba como el cartón piedra. La deducción del técnico es más simplona que dos más dos: con tanta lesión dejar a Pepe o Varane en el banquillo era un privilegio que no se podía permitir. Y lejos de arriesgar el esquema con tres centrales, lo que supone extenuantes jornadas de entrenamiento, el método Ramos ha aliviado los quebraderos de cabeza del cuerpo técnico. Todavía no se le ve cómodo sondeando dónde colocar el balón (él no es Xabi Alonso), pero tenerle enfrente, a cuarenta metros de Casillas, es un muro demasiado alto para cualquier media punta que no tenga la habilidad innata de José Antonio Reyes. Desde luego, la Juventus no tiene un malabarista de su talento, lo suyo son más picapedreros acostumbrados al intercambio de metralla. Y en cruce de mamporros (así se intuye la semifinal), Ramos está preparado de central o centrocampista. Si tiene dudas, que le pregunte a Fernando Hierro, todoterreno goleador a principios de los noventa y retrasado con los años en un serio aspirante a Beckenbauer.

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