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El quinto rey del fútbol

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“Messi es increíble, pero en la mesa de los grandes Pelé es el mejor. Cuando hablo de fútbol yo lo saco a él de la lista, porque era un extraterrestre. Saltaba a cabecear y Rattin, que era altísimo, le llegaba a los huevos. Imposible”. Es el maestro César Menotti en una entrevista para la revista El Gráfico en enero de 2014. Entonces, medio mundo chismorreaba del Leo Messi abatido, cansado, que deambulaba por los campos con grilletes en los pies y arcadas desde el esófago. No era el momento de meterle con calzador en el olimpo de los dioses; no sin haber devuelto a Argentina el carisma que un día le dio a la nación el más grande entre los grandes. Y eso sólo lo conseguiría con una Copa del Mundo. Precisamente, esa instantánea en Maracaná recogiendo con repugnancia e injusticia el trofeo al mejor jugador del Mundial fue la colleja que le hizo espabilar el pasado verano. Leo había vivido dos años incómodos, señalado por su apatía y sin recibir, ni siquiera, una palmadita en la espalda por romper la barrera del sonido durante la gran depresión post Guardiola. La Liga de ‘Tito’ Vilanova la clausuró con 46 goles, pero como si hubiera clavado cien: el Bayern de Heynckes roció al Barça con napalm (7-0, ¿se acuerdan?) y así permanece en la retina. Y el año pasado, con ‘Tata’ Martino, el Titanic chocó frontalmente contra el iceberg: lo que no sabía el Barça es que ese iceberg era Messi. “Si él no corre, el vestuario tampoco lo va a hacer”, dice Menotti.

El pacto de no agresión entre Luis Enrique y Messi es la prueba del algodón de que a los astros no se les puede atar en corto. Una sola genialidad compensa cualquier capricho o pataleta de estrella de rock, y el asturiano se ha esforzado en entenderlo para no ser el entrenador más fugaz que recuerde el club. “El Barça es Messi, es un riesgo pero bendito riesgo”. Lo acepta Bartomeu, no lo quiso entender Sandro Rosell y quiere volver a reivindicarlo como un trofeo propio Joan Laporta. Sí, Neymar pinta a futuro Balón de Oro y Ronaldinho amenazó con levantar una buena pila de ellos, pero ambos rinden pleitesía a la ‘pulga’. El primero porque es su nuevo socio de diabluras, de las que nunca habría imaginado en Brasil; y Ronaldinho desde su retiro dorado en México sigue profesándole admiración vía twitter. La reflexión lapidaria la soltó hace tiempo Roberto de Assis, hermano y representante de la ex estrella azulgrana: “Éste (Messi) la va a liar bien liada”. Tampoco hacía falta ojo clínico para intuirlo. Quizá lo dijo por la resignación de aceptar la caída del juguete roto de su hermano o, más bien, por el trato paternalista (de mago a discípulo) con el que Ronaldinho abrió camino a Messi.

El segundo gol de Messi da lustre a la atrevida comparación de Menotti que todavía mosquea a la iglesia maradoniana (existe de verdad): “Messi está al nivel del mejor Maradona”. Poco a poco esas palabras mayores se empequeñecen, porque sólo D10S es capaz de excitar a un estadio entero y sobreexcitarlo instantes después. Jerome Boateng, que no tiene ninguna culpa de la furia de Messi, está en boca de cualquier tertulia de barra de bar. Le sucedió como a Alkorta en su día con Romario o a Miguel Ángel Nadal con Caminero, defensas que un día contarán a sus nietos sin ningún rubor cómo les rompieron la cadera con arte. Pero en el gol del argentino, el Circo del Sol no llegó en el quiebro sino en la vaselina al gigantón Neuer. La Champions League necesitaba recuperar al mejor Messi desde su exhibición en Wembley contra el Manchester United; y hubo un momento mediado el segundo tiempo que el Bayern logró tejer su telaraña con un tropel de centrocampistas. Entonces apareció el “único e irrepetible” (Iniesta dixit) para repartir dosis de estramonio entre el coro de Guardiola; narcotizada por el primer latigazo de Messi, la mole bávara rezaba para que Messi no pusiera patas arriba el Camp Nou por enésima vez. Las súplicas duraron un chasquido de dedos y Menotti volvía a tener razón, aunque a medias: “Messi puede ser el quinto rey del fútbol”. No puede, lo es.

 

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