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Luis Enrique no era el protagonista

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“Como dijo Valdano, Messi lesionado sería el segundo mejor jugador del mundo”. Quizás entonces no habría primero. Josep María Bartomeu certificó la verdad innegociable que el barcelonismo quería escuchar: el Barça es Messi y éste es el Barça entero. Hacía demasiado tiempo, desde la plenitud de Maradona en Nápoles, que un futbolista no detenía o aceleraba el fútbol por capricho. El cataclismo de Anoeta, descrito por cierta prensa con drama apocalíptico, fue la prueba de que el algodón no engaña: gana cuando él quiere, el resto cuando puede. El Barça hizo examen de conciencia a principios de año: necesitaba la versión más bestial de su D10S para remontar la temporada y no estrellar el Titanic contra otro iceberg. Aquel Messi meditabundo, ausente en el limbo y que agachaba la cabeza por las famosas arcadas rebobinó al delantero puñetero de siempre, el mismo del que Iker Casillas decía “otra vez me la ha vuelto a liar”. En el vestuario es el capo di tutti capi porque todos se encomiendan a él, incluidos Neymar y Luis Suárez. Su séptima Liga es un detalle más en el currículum, el gol al Atleti es la rendición de esos incrédulos que todavía usan la coartada de que Messi no ha levantado una Copa del Mundo. Si mete el cuerpo en formol, puede que Rusia 2018 aún le rinda pleitesía.

Cuesta creerlo pero el Barcelona ha tenido un final de temporada balsámico. Desde Anoeta tan sólo sufrió una hora de fútbol contra el Real Madrid y la remontada del Sevilla en el Pizjuán. Simples gajes del oficio. La imagen de un Luis Enrique exultante, poseído en la celebración del Calderón es la recompensa a los palos de su paso por Roma, las dudas de Vigo y, sobre todo, la tensión de alto voltaje que sufrió con Messi. El técnico asturiano entendió que no podía imitar a Guardiola: él no era el protagonista. Y cualquier acto de chulería o gesto de Clint Eastwood en el Sargento de hierro podría haber activado una bomba de neutrones, lo último que le faltaba a un club que podría ser empapelado por la justicia. Sin embargo, Luis Enrique no es como el Del Bosque que, según las malas lenguas, arengaba a sus ‘galácticos’ con un “salgan y jueguen como saben”; llegó el pasado verano con un librillo en el que el primer mandamiento rezaba ‘rotaciones’. El cabreo de los cracks venía estipulado en el contrato. Messi, Neymar y Luis Suárez han fruncido el ceño más de una vez, pero hoy el Barça da las gracias por una puesta a punto de escudería ganadora. Todos han disfrutado de minutos, incluidos Bravo y Ter Stegen, seguramente ambos los porteros más en forma en España.

Y luego está Xavi Hernández. Octava Liga en su sala de trofeos y una leyenda detrás de proporciones bíblicas. Si el pasado sábado Anfield retumbó en un estruendoso aplauso con la despedida de su mito Steve Gerrard, el Camp Nou vivirá el homenaje de su último histórico contra el Depor. Todavía queda la final de Copa, pero el campeón se ha brindado un trámite perfecto para despedir a su CPU de la última década y media. Queda un puñado de minutos para que el soci disfrute de sus últimos pases trazados con escuadra y cartabón, como sus cejas. Luis Aragonés, padrino futbolístico del centrocampista, explicó una vez la inmensidad oceánica de su aventajado alumno: “Sí, Iniesta ha marcado el gol de nuestra historia, pero no se olviden que Xavi es el más importante de esa historia”. Bien lo supo Guardiola cuando copió al ‘Sabio de Hortaleza’ y cogió la muestra completa de aquel Xavi de Viena. ¡Que le disfruten en Qatar!

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