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El mejor es Messi; y el segundo, Messi lesionado

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“El mejor del mundo es Messi; y el segundo, Messi lesionado”. Sin trampa. Lo dijo Jorge Valdano en Mundo Deportivo durante la temporada del ‘Tata’ Martino, en la que D10S fue acribillado entre lesiones musculares y arcadas esofágicas. Todo se reducía a un bloqueo físico que le arrastraba por los campos sin reprís ni oxígeno para el ritual del zigzag explosivo. Necesitaba cambiar hábitos, empezando por los alimenticios. “La base de mi mejoría en la pista ha sido mi nueva dieta sin gluten”, confesó Novak Djokovic en una entrevista posterior a su victoria en Wimbledon del año pasado. El ‘Kun’ Agüero fue advertido por Javier Aguirre en el Atlético de Madrid que las pizzas y los litros de Coca-Cola acabarían con su prometedor carrera. El delantero del Manchester City, precisamente compañero de habitación de Messi en las concentraciones albicelestes, se tomó en serio la amenaza. Y la estrella azulgrana, amante de asados criollos y pizzas de queso, entendió que sólo la disciplina espartana en la mesa le podía devolver la jugada estratosférica del Getafe. El Messi anterior al Mundial de Brasil llegó a sospechar de sí mismo y el debate, por supuesto, llegó a la calle: ¿aceptar al nuevo Messi en un par de metros cuadrados y olvidarse para siempre de su fulminante centro gravitatorio? Su apatía en el césped no exigía un diván de psicoanálisis, sino una nutrición de élite que le facilitase el carburante necesario para recuperar la velocidad perdida. Su gol copero al Athletic esquivando un bosque de piernas ha dado la razón a Guliano Poser, el nutricionista que le ha dicho sí a la verdura, no a la pasta, sí a la fruta de temporada y no a la carnes de barbacoa.

Messi ha aprendido a dosificar su voltaje. Ya no es aquel canterano que desgastaba el pegamento de su bota izquierda para regatear hasta al utillero; ahora corre por el centro sin malgastar ni una de sus diminutas zancadas. Le sucede como al brasileño Ronaldo, que puso patas arriba al Camp Nou con una “estampida de búfalos” (Valdano dixit) que el fútbol no ha vuelto a presenciar, y años después reculó debido a esa rodilla reconstruida con un puñado de tornillos. El Ronaldo del Real Madrid esprintaba veinte o treinta metros, ya no engullía el campo de mitad hacia arriba. Le recomendaron que, aparte de los pies, jugara con la cabeza, y no sólo en sentido literal. Desde hace un tiempo, Messi es el mejor goleador y el mejor asistente. Un don tan descomunal podía valer para más cosas que perforar porterías. En el arte del regate no hay sucesor a la vista, y él mismo se ha postulado como un pasador de época. En corto o en largo, no importa cualquier balón que pone con visión 3D le mete en un debate sano en el que aparece por activa y por pasiva Michael Laudrup. Pongámonos en pie.

No admite comparación con nadie del presente. Ni siquiera Cristiano Ronaldo, que en ese ciclo de subidones y bajonazos, le toca sufrir en estos instantes. La Supercopa europea es un relleno más en su sala de trofeos que seguramente no desempolvará en la vida, pero ha dejado la enésima reverencia: Messi regatea, golea, asiste y lanza misiles inteligentes a balón parado. Su pegada no atraviesa las redes que arrancaba de cuajo Roberto Carlos, ni dibuja la trayectoria perfecta de Ronald Koeman y ni siquiera está tan envenenada como la de CR7. Sin embargo, algún misterio tiene su parábola de dentro afuera que despista a los porteros. Beto se tragó una y no vio la otra, y Courtois podrá excusarse ante una falta imposible que Messi le colocó con escuadra y cartabón en un Atlético-Barça. ¿Entonces por qué braman los argentinos contra un jugador? La respuesta la tiene Valdano: “Él solo carga a sus espaldas con la demanda entera de un país”. Y no es una hipérbole.

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