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Buscando a Van Nistelrooy

Tony Stark tiene demasiado trabajo con su proyecto Iron Man. El traje no está preparado para volar y ni siquiera dispara con la potencia necesaria para intimidar a sus enemigos. “Cuestión de calibración”, le fanfarronea Stark a J.A.R.V.I.S, su ordenador de inteligencia artificial. Rafa Benítez le ha comentado a su cuerpo técnico que el gol llegará más temprano que tarde, cuando las kalashnikov afinen la mirilla. El problema todavía no es psicosomático, basta que el mister saque una docena de balones en un entrenamiento y ponga a sus delanteros a acribillar la portería. En el trofeo Bernabéu las ocasiones fueron clamorosas; en Gijón al portero Cuéllar no le hicieron internacional pero casi. El Madrid quizá sea el equipo que merodea el área con más facilidad, pasmosa en su caso: basta un tomahawk de Cristiano Ronaldo para despertar a la bestia. El Sporting peleó por mantener anestesiado al gigante hasta que la cuenta atrás del partido obligó a los blancos a acelerar sus deberes. Son esos minutos decisivos los que evidencian que una noche aciaga la puede solucionar un nueve puro, de esos que se dejan la cabeza para rematar un microondas, si hace falta. Y el galimatías táctico que aún no ha aclarado Benítez invita a pensar en un sacrificio de CR7. Manu Carreño se preguntaba anoche en Tiempo de Juego por qué un futbolista que genera cuarenta o cincuenta goles desde la banda izquierda, tiene que comerse el marrón del delantero centro. Ésa es la génesis del problema: que nadie del vestuario excepto Jesé quiere enjaularse en el punto de penalti, cuando ser rematador ha sido desde siempre el mayor privilegio de este deporte.

La condición atlética de Cristiano le convierten en el candidato ideal para cubrir una laguna cada vez más oceánica (5 de 9 partidos sin hacer diana). Su salto de Bam Bam Zamorano y esa pegada ambidiestra brutal cazaría cualquier balón que pulule por el área. Mister Rafa tiene una ocasión única para resetear el don de su estrella, ¿pero querrá éste? De repente, la preocupación trasciende del un dibujo táctico que todos entiendan; pronto vendrá a escena el domador de egos. Bale falló en la derecha, como de costumbre, aunque dejó de ser inerte los ratos que cambió a su hábitat natural. El fútbol moderno ha borrado de un plumazo a los extremos, pero el galés camparía a sus anchas por la autopista izquierda, poniendo unos centros que el Bernabéu no experimenta desde la jubilación de Míchel. Entonces, volvería la pescadilla que se muerde la cola: quién sería el desdichado percutor. “¿Es mejor ser temido o respetado? Yo digo: ¿es mucho pedir ambos”, se pregunta Robert Downey Jr. en la primera Iron Man. De toda la vida, en pleno éxtasis o sumido en la crisis más existencial, el Madrid nunca ha traicionado el gol. Había una máxima, una especie de mandamiento mesiánico, que decía que los blancos siempre marcaban. Es lo que temían sus rivales. En apenas una semanas, el nuevo Madrid se ha vuelto pétreo, casi siderúrgico como el Atlético de Simeone. La pequeña gran diferencia es que los rojiblancos sobreviven con una estrategia de laboratorio y Benítez aún fía los goles a la inercia de siempre.

El Molinón echó de menos a un Van Nistelrooy. Y hasta que reaparezca otro, dieciocho equipos de la Liga intentarán copiar el generoso esfuerzo del Sporting. Bravo por Abelardo y su sinfónica defensa que no dejó resquicio alguno delante de Cuéllar; actuaron como espartanos, dejándose la vida palmo a palmo. Sólo la improvisación de Isco y el ímpetu de Cristiano inquietó a un recién ascendido que apenas puede fichar a jugadores a los que pague el salario mínimo de la profesión. Mérito a la enésima potencia. El Madrid sí puede comprar a quien se le antoje; quizá este 0-0 sea la prueba del algodón que dé la razón a Benítez. Pidió un delantero de emergencia y la respuesta en la planta noble fue tajante. No está de más otra visita al despacho del presidente para conseguir temor y respeto. Por si acaso cuela. 

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