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Messi: “Quién soy yo para felicitar a Maradona”

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Fue un 30 de octubre, cumpleaños de Diego Armando Maradona. El Barça había jugado ese fin de semana y Leo Messi todavía no era titular en el once de Frank Rijkaard. En la entrevista posterior en Barça TV le preguntaron si había felicitado al ‘Pelusa’ y su respuesta titubeante, al cuello de su camiseta, fue: “No, me da vergüenza”. Los periodistas del canal azulgrana se rieron por la timidez de un juvenil al que los focos de las cámaras le intimidaban. Su cara tradujo lo que nunca se atrevió a decir: “Quién soy yo para felicitar a Maradona por su cumpleaños”. Ni su padre, Jorge, ni Josep María Minguella, responsable de traerle desde Rosario a La Masía, habrían inventado una película de Spielberg en la que Messi llegara a ser el epicentro del fanatismo argentino. Y con el mismo ruido mediático y popular que Maradona. Uno es el mítico 10 que detuvo el mundo durante los 10 segundos más bestiales que recuerda la historia de los mundiales, y él es D10S en el cielo y en la tierra. Cada día más arriba que abajo.

“Lo sabemos tú, yo y el vecino: Messi es el mejor del mundo”. Ivan Rakitic tardó media temporada en hincar la rodilla ante la evidencia. Quizá demasiado tiempo si aún tenía sospechas. Saltó al césped del Vicente Calderón andando, relajado tras la emoción de su segunda paternidad. Su socio Neymar había hecho justicia a las intenciones del Barça; sólo faltaba un último chispazo eléctrico. Poco importa que Messi esté cansado o que no haya entrenado, las aguas se abren a su paso y, en su caso, no suena a hipérbole. Con Messi las crónicas apenas cambian, si acaso habría que pedirle a Valdano otra patente verbal como con ese “futbolista de dibujos animados” llamado Romario o “la manada de búfalos” que provocaba Ronaldo, que no Cristiano. Precisamente, el portugués del Real Madrid también subió a la estratosfera con cinco goles que trituran las estadísticas históricas del club. Es una guerra de dos mundos, el suyo y el de Messi. El primero arrasó en Cornellá y el argentino nos recordó que al fútbol juegan diez y luego (o antes) está él. Sigue sin admitir comparación.

Messi pactó con Luis Enrique no jugar de inicio. Hábil maniobra del entrenador, que evitó otra crisis apocalíptica como la de Anoeta. Pero la clave de que no haya estallado ninguna pelea de egos en el vestuario la desveló Neymar en la entrevista a Canal Plus a pie de campo: “¿Cómo no voy a dejar a Messi que tire la falta?”. El brasileño, probable futuro Balón de Oro cuando Messi y CR7 dejen de rifárselos, asume el reinado de su compañero, igual que Luis Suárez. Y sea tirano o comprensivo, en Madrid dirán lo primero y en Barcelona lo segundo (nuestro queridísimo periodismo de dos caras), el Barça necesita a su D1OS. Es la razón por la que demasiada gente se preocupa por qué un depredador que supera a Raúl González en la mitad de partidos sólo ha ganado una liga y una Champions en seis años. 

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