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Ironía de Cristiano

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La delgada línea roja que separa el cabreo y el éxtasis de Cristiano Ronaldo se ha asentado como un tópico de nuestro periodismo. Su ley de silencio había cargado las baterías de tanta bilis contra la prensa que el día que la rompiese ardería Roma. Pero el portugués conoce el juego de cartas de  la opinión pública y, lejos de reventar portadas con titulares sangrantes, prefiere ejercer el bello y estiloso arte de la fina ironía. “Antes era malo, y ahora soy bueno porque he metido ocho goles”, espetó CR7 anoche. Su tomahawk, tan potente como los que lanza dentro del campo, tenía un claro destinatario: esa corriente de prensa rosa deportiva que anuncia pomposamente el apocalipsis de algunos protagonistas. A él también le ha tocado. Cristiano quizá sea el deportista más ambicioso de las grandes figuras con permiso de Rafa Nadal, y callar bocas es uno de sus grandes vicios hedonistas. Ofrece carnaza, nosotros picamos y en esa partida de ping pong él acaba soltando el último palazo. De Cristiano sólo se duda en los balones parados, estadística que ha empobrecido bruscamente en las dos últimas temporadas. Si afea el gesto es porque la pelota no entra, sea un gol decisivo o el sexto que pudo marcarle al Espanyol. Bueno, sin hipocresías: las cámaras también le pierden. Y es que los futbolistas de hoy son multinacionales donde la imagen importa demasiado.

Cristiano rompe récords a la misma velocidad que agita pasiones y odios. Superará a Raúl en unos días con un promedio brutal y todavía arrastrará grilletes. Los detractores le recriminan que trescientos y pico goles sólo han regalado una liga en seis años; su guardia pretoriana justifica la existencia de su antihéroe, Leo Messi, como a Roger Federer se le apareció nuestro Nadal. En TVE le llamaron el pasado fin de semana “goleador de partidos pequeños”. La memoria a corto plazo ignora su salto de gimnasta en aquella final de Copa de Mestalla o el desmarque certero que enmudeció al Camp Nou de Guardiola. Hay gente para todo. Llegará a cuatrocientos goles y aún sonará ese runrún oxidado y casposo de que juega para sí mismo. Es el tendido siete del Bernabéu que llegó a sospechar del mito número uno, Don Alfredo Di Stéfano. Ya lo repite Manolo Sanchís hasta la saciedad: “Si han pitado a ‘La Saeta’, quién se puede librar”.

Luis Figo reconoció en una entrevista para la RAI que el Bernabéu “necesitaba caras nuevas cada cierto tiempo”. Lo dijo durante su primer año en el Inter de Milan, momento en el que su salida todavía escocía por su despecho con Florentino Pérez.  Cristiano pelea contra el hartazgo; mantiene su obsesión por las abdominales y los fondos porque garantizan su físico, y éste le da los goles. La ecuación es simple. Quizá haya perdido reprís o haya aparecido otro velociraptor (Bale) que corre más que él. Pero el algodón no engaña, y su sangría de goles evidencia que el Madrid le necesita para no asfixiarse, sea en Cornellá, contra el chistoso Shakhtar o en una semifinal crucial. Si el Madrid falla, él se come el marrón (ya no está Iker), y esa tonelada de culpa no la soportaría ni la espalda de Hércules. 

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