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El ’siete’ en todo

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En el homenaje de Canal Plus a Raúl por los veinte años de su debut, Jorge Valdano cuenta que se reunió en las oficinas del club con Zamorano y Prosinecki para anunciarles su intención de despedirles en el verano de 1994. Instantes antes de aquella reunión, el director de la cantera merengue, Ramón Martínez, deslizó al entrenador argentino que el diamante en bruto de la vieja Ciudad Deportiva de La Castellana pretendía regresar a las categorías inferiores del Atlético de Madrid. Aquel chaval de cuerpo esmirriado no intuía ni una sola oportunidad en el equipo de los mayores, ni siquiera una palmadita de algún técnico de arriba. Ese chaval arrabalesco de piernas arqueadas había decidido, previa consulta con su padre, regresar a sus orígenes, pero no a los primigenios en la Colonia de Marconi, sino del Atleti. Valdano reaccionó como un resorte a la  noticia de Ramón Martínez y convocó al juvenil Raúl González a su despacho. “Te garantizo que en dos años acabarás jugando en el primer equipo”. Tal garantía le disuadió de volver a la acera contraria.

Raúl le debe mucho a César Menotti; indirectamente, claro. Ángel Cappa, asistente de Valdano en aquel Madrid, presume de exportar el “modelo de explotación de cantera” que inventó el maestro Menotti en el Peñarol uruguayo. Valdano no sólo moldeó el primer equipo con adquisiciones de Quinta Avenida como Laudrup o Redondo, sino que le sacó las entrañas al club, diseccionando lo que él consideraba potable en la cantera. Convocó una serie de entrenamientos extraordinarios con los chavales más talentosos de ‘La Fábrica’’ y les impartió una clase magistral sobre los valores del Madrid.

Aquel día en La Castellana acudieron Raúl González, Luis Martínez, García Calvo, Fernando Sanz, Víctor Sánchez del Amo, Sandro, Alberto Rivera, Álvaro Benito y Guti. De todos ellos, a Valdano le constaba por los informes de Del Bosque que la voracidad de Raúl era inagotable y, en letras capitales, que “cualquier categoría le quedaba pequeña”. Fue entonces cuando llegó el amistoso de Oviedo en el Carlos Tartiere y Raúl corrió de banda a banda como si no hubiera mañana, enchufado a una pila duracell. Semanas después, viajaron a Karlsruhe para otro bolo y durante el vuelo, entre libros de instituto, Cappa le dijo que mojaría esa noche. La profecía se cumplió y aquel incómodo viaje fue el más prolífico de Valdano en años (confirmado por él) porque, de repente, había encontrado la solución al ocaso de un mito, Emilio Butragueño.

Raúl devolvió al club la tan manoseada universalidad y calló a los cachondos que se reían con aquel amable viejecito que preguntaba inocentemente “¿El Madrid qué, otra vez campeón de Europa?”. Ni chutaba fuerte, ni tenía reprís, ni cabeceaba de maravilla, ni siquiera era un aventajado en el regate. Apenas importó. Se inventó la famosa cuchara en Vallecas, le salió el gol del ‘aguanís’ en Tokio y abusó de su pillería, la que le ha convertido en el personaje más mediático en tertulias periodísticas y charlas de barra de bar hasta la irrupción de José Mourinho. Hasta Luis Aragonés se hartó en una rueda de prensa del ‘Raúl sí, Raúl no’; el madridista se desmarcó como solía hacerlo en el tapete,  sin devolver fuego cruzado.

Transcurridas dos décadas y un largo debate de trincheras entre ‘raulistas’ y ‘antiraulistas’, aquel “Ferrari” patentado por Fernando Hierro perdió la aceleración de cero a cien, pero ha continuado con un motor diesel de máxima fiabilidad. Raúl sigue gustando y se deja gustar por cualquier entrenador; aconseja y escucha a los futuros ‘raúles’ de la causa madridista; pelea en Nueva York por un puesto como lo hacía en los campos de barro. En definitiva, Raúl recuerda al genial Paul Newman de La leyenda del indomable: aquel tío orgulloso que aguantaba estoicamente cualquier desafío, por muy extraterrestre que fuese. En aquella película, Newman apostó que se comía cincuenta huevos en una hora. Si Raúl hubiese anunciado su retirada para un futuro lejano, tampoco habría vacilado. Aunque nunca presumiría, sabe dónde termina su guión: Manhattan. Eterno ’siete’, el ’siete’ en todo.

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