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Una mente maravillosa

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Y todavía esparciremos estiércol sobre el ‘amarrategui’ de  Rafa Benítez. El derbi del Calderón inyectó en vena un tremendismo repentino. De la noche a la mañana, un Real Madrid acostumbrado a orgías goleadoras, cambia el chip y se vuelve cuadriculado, más pendiente de introducir hormigón a la táctica que de aligerar armatoste. Un empate insípido en Gijón y el milagro de Kameni en el Bernabéu levantaron sospechas. La máxima clásica de que el Madrid siempre marca, hecha trizas. “En el pasado Calcio fuimos los que más chutamos y sólo marcamos dos goles menos que la Juventus”. Palabra del ‘Pipa’ Higuaín, el discutido goleador que, sin embargo, Mister Rafa se llevaría “incluso a la mesita de noche del dormitorio”.  Su universo recuerda al de John Nash, la mente maravillosa que ganó el Premio Nobel de Economía y murió obsesionado con un tsunami de ecuaciones y algoritmos matemáticos. Para Benítez cualquier detalle es cuantificable: nada sucede al azar porque todo tiene valor numérico. Son los porcentajes los que deducen si Cristiano Ronaldo rentabilizó los ocho kilómetros que recorrió durante un partido, o si los robos de balón de Casemiro son eficientes; es decir, sin errar el siguiente pase. Una explicación sencilla (y simplona) de la arquitectura que el técnico idea en cada proyecto.

“Las sensaciones se extraen de las lecturas numéricas”. No pertenece a una reflexión de los clásicos para analizar en un examen de Selectividad, es Rafa Benítez en estado puro en una entrevista a a Gazzetta dello Sport. Precisamente, sin recurrir a papel y bolígrafo, esas sensaciones delataron a un Madrid atrevido y descarado en el Parque de los Príncipes. Con una enfermería más tumultuosa que el camarote de los Hermanos Marx, Benítez y un puñado de acólitos sí creyeron que el segundo batallón daría guerra. Y vaya si lo hizo. El escaparate francés cegaba por fuera, pero por dentro estaba repleto de antiguallas. No por edad, sino porque el Paris Saint Germain compite en Europa al ritmo que le impone una liga francesa sin pesos pesados. El combate del siglo de esta jornada enfrentaba a Rocky Balboa, campeón del mundo contrastado, contra el emergente Ivan Drago, gigante de punch letal que intimida con su monumental presencia. Ésa era la sensación (Rafa prefiere decir prejuicio) que imponían Ibrahimovic, Cavani, Di María y medio equipo más. La mole francesa contra el rival que todos ansían tumbar, con o sin lesiones. Sin embargo, a este PSG le falta una victoria histórica que reedite su leyenda, la de aquel prodigio engendrado por Artur Jorge con Weah y Ginola a la cabeza. Los recuerdos de la goleada (4-1) motivaron durante toda la semana a una ciudad que espera que su nuevo mesías, Al-Khelaifi, pula cientos de millones hasta levantar una ‘Orejona’. Como el Chelsea de Abramovich.

 

Las casas de apuestas no se fiaban del Madrid. No de la nueva versión geométrica de Rafa. Las bajas de Bale y Benzema habían diezmado al equipo de francotiradores; un Modric entre algodones cambiaba el Macintosh de la sala de mandos por un simple PC. Es lo que pensaba la calle cuando vio a Jesé y Lucas Vázquez en el once titular. Apenas un puñado de minutos (y de estadísticas de posesión y pases precisos) convenció al madridismo: cero contraataques, el Madrid de Benítez se erigía en dominador, tal cual prometió en su primera rueda de prensa para asombro y carcajadas sibilinas de muchos periodistas presentes. ¿Entonces cuál es el secreto de Rafa Benítez? Que quien no se meta en la mollera el concepto de equilibrio, no participa. Y el esfuerzo requiere hábitos como los que llegó a implantar el ‘Loco’ Bielsa en el Athletic. Cuentan que el argentino obligaba a cada futbolista a ver en vídeo cada partido después de haberlo jugado. Y no con dos o tres días de margen, sino apenas unas horas, incluso después de los largos y tediosos viajes de Europa League. Bielsa, como Benítez, obliga a su staff a preparar película editada y personalizada para cada jugador. Y quien no responda a las preguntas teórico-tácticas del entrenador, mal comienzo. Una vida entregada al fascinante (o aburrido) arte de los números. La de John Nash, la de Benítez.

 

 

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