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¿El delantero del ‘casi’?

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David Gistau suele contar que fue testigo directo del nacimiento de Gonzalo Higuaín en un River Plate-Boca Juniors del 2006. El ‘Pipita’ marcó dos goles (el segundo, escandaloso) y, eclipsado por el acontecimiento, el columnista preguntó a sus amigos porteños qué pinta tenía ese delantero. La respuesta fue escueta: ‘Pseé’’. Blanco y en botella. Higuaín parecía otro trasto del montón. Quizá por esa sensación de mediocridad, poca gente entendió que el ex presidente Ramón Calderón pagase doce millones y medio por un delantero desconocido para el gran público y que, ni siquiera, venía con esas ínfulas maradonianas que tanto venden los directivos argentinos con sus niños promesa. Tampoco ayudó que el mito de Don Alfredo Di Stefano comentase a modo de chascarrillo que Higuaín necesitaba “varios disparos para clavar una”, respondiendo a ese runrún del ‘delantero del casi’ que la grada le había encasquetado. Sin embargo, lejos de acobardarse y dejarse engullir por la exigencia imposible del Bernabéu, el delantero entendió a sus diecinueve años que su actitud debía ser como la del deportista serbio que muere peleando por la grandeza de su país. En el caso de Higuaín, lucharía para no decepcionar ni a su ego ni a su padre, Jorge, también ex futbolista pero que sólo llegó a jugar en el Brest francés.

Como Bill Murray atrapado en el día de la marmota, el argentino se despertaba cada día en el mismo momento de cada temporada, el de las dudas y los murmullos. Las sospechas en Madrid dejaron para siempre el poso de aquel gol fallado a puerta vacía contra el Lyon. Y todavía hay una corriente tuitera que martillea su nombre con cada gol, con cada ¡uy!. Cuanto más puñetera, mejor. En Nápoles, la guadaña no persigue a Higuaín cada domingo. Su llegada a  Italia fue una liberación de varias toneladas y sin esa presión psicológica, podía fallar una y acertar otra. Diego Armando Maradona, una especie de dios Ra en San Paolo, llegó a comparar al ‘Pipa’ con Kluivert, no en su calidad técnica, sino porque fallaban más que una escopeta de feria. Fue el sentimiento casi unánime de la nación que se llevó las manos a la cabeza con la antológica ocasión ante Chile en la final de la última Copa América. Para lo bueno y para lo malo, Higuaín. Es su destino.

Este verano ha logrado resetear su mente. Lejos de enfundarse una camisa de fuerza y repetir como un loco los fallos más sonados de su carrera, Higuaín ha decidido comenzar de cero reencontrándose con el instinto asesino que le llevó al Madrid y por el que apostó Rafa Benítez en el Calcio. Este año se ha asociado con la revelación Lorenzo Insigne, su socio de guerrillas. Ambos sostienen al Nápoles a rebufo de la Roma y son el aspirante más peligroso en la Europa League. Anoche rompió el blindaje del Palermo con un disparo ajustado a la cepa de palo y, de momento, confirma los mejores números de su carrera: ocho goles en diez jornadas. Cada gol suyo libera toda la rabia acumulada por tanta bilis esparcida en crónicas y memes de whatsapp. Higuaín no es ni el más rápido ni el más técnico; y sí, sigue clamando al cielo con cada balón que se le encasquilla. Pero el gol no le ha traicionado; al contrario, ha calentado tanto a la ruidosa afición napolitana, que el histriónico presidente De Laurentiis lo ha dejado claro: “Higuaín no se marcha ni por 100 millones”.

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