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Un grupo de colegas

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Gerard Piqué y Dani Alves podrán ser políticamente incorrectos, descarados en las redes sociales e incluso bromistas de mal gusto (que se lo pregunten al Getafe con su fiesta improvisada de Halloween), pero su permanente alarde de buen rollo y cualquier foto que cuelgan con el vestuario medio desnudo después de cada partido insinúan que los futbolistas del Barça son colegas. Esa camaradería la han utilizado tanto para levantar una crisis cáustica, cuando Luis Enrique no tenía buen feeling con la plantilla hace un año natural, como para irse junto al mismo cuerpo técnico a Port Aventura en un día de entrenamiento. Las numerosas comidas, cenas y asados de por medio delatan a un grupo de amigos que se diviertieron en el Santiago Bernabéu y sufrieron juntos en Balaídos. Luis Suárez reconoció que a menudo organizan reuniones familiares con Messi y Neymar; lejos de guerrear en una pelea de egos, las estrellas del Barça actúan como los juveniles que se han ganado una cerveza (o dos) después del partido matinal del domingo. Siempre sonriendo, la troupe azulgrana viaja a los estadios como una panda de amigos en las que Piqué es el alma fiestera y Messi una especie de jefe al que nadie se atreve a incordiar. Neymar desveló la esencia del buen rollo instantes después de ganar en el Vicente Calderón (1-2): “Messi es el líder y luego estamos el resto para ayudar”. Imposible que germine un ‘galacticidio’.

Los jugadores del Real Madrid suelen ir por libre. Sólo en muy contadas ocasiones montan cenas de hermanamiento (así se llaman) y en las redes sociales no son tan alocados. Quizás porque el código interno del club se lo impide o, simplemente, porque no les interesa, cada uno se dedica en cuerpo y alma a sus patrocinadores. Iker Casillas dijo una vez que los jugadores “no tenían por qué tomarse una coca cola después de los entrenamientos”. Cierto. Pero unos amigos que bailan sobre el césped como Billy Elliot en un escenario, jamás morirán por falta de actitud. Y cuando alguien se desanime, el resto le motivará para no alejarse de la manada. Eso no sucede en el vestuario del Madrid. Primero, Benítez titubeó en su respuesta cuando le preguntaron en verano si Cristiano Ronaldo era líder absoluto del proyecto; segundo, la intromisión táctica y mediática de Gareth Bale provoca una colisión con CR7, quien nunca ha halagado en público a la otra mole millonaria del equipo.

Dani Alves tenía una oferta mareante del Paris Saint Germain, pero prefirió quedarse en Barcelona por “su felicidad y la de su familia”. Cristiano coquetea con el mismo club porque considera que su marca comercial necesita nuevos retos, o como estrategia para mejorar por segunda vez un contrato. Mal momento para visitar el despacho del presidente, aunque siempre podrá usar la coartada de que a Messi se lo ampliaron un puñado de veces. La temporada pasada Audi entregó sus coches oficiales a los jugadores de Madrid y Barça en sendos actos: los blancos se lo tomaron como un marrón que se alargó demasiado, mientras que Neymar y Piqué se picaron al volante como si entrenaran para el rally de Cataluña.

Esas sensaciones de colegueo llegan hasta la caseta del jefe. Por ejemplo, Rafa Benítez exprime a sus jugadores incluso en la forma de pegarle al balón (información, no opinión), y Luis Enrique tardó en entender que su Barça funcionaba si él mismo actuaba como otro futbolista pero con ciertos galones. La obsesión del entrenador merengue es ese “equilibrio” que anoche consiguió con ironía: tan desastroso arriba como abajo; Luis Enrique avisó que la lesión de Messi no iba a alterar su hoja de ruta, “¿Sobrevivir hasta enero? De eso nada”. Roberto Carlos solía contar en las entrevistas que un equipo jugaba bien cuando todos se divertían. Ése fue Andres Iniesta, tan soso en sus declaraciones como cachondo en sus botas. A él le ponía “como una moto” el clásico. Lo supimos porque salieron a rueda de prensa durante la semana a contar sus impresiones. En el Madrid todo fue (y es) hermetismo, un búnker para evitar filtraciones. Ninguna arenga para excitar a las masas en momentos tan inciertos. Demasiado bloque de hormigón entre el vestuario y afición.

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