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La ilusión del Circo del Sol

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Disneyland en el Camp Nou. Del miedo de “sobrevivir hasta enero sin Messi”, este Barça se ha metido por méritos propios en la tertulia que más apetece al soci culé: ¿Rijkaard, Guardiola o Luis Enrique? A bote pronto, Pep pintó el perfeccionismo y el holandés una juerga continua que empezó y acabó Ronaldinho. El fútbol con Luis Enrique no escanea el campo palmo a palmo, ni marea el balón en versión delicatessen; el suyo también es de salón, pero con un toque más vertical. El que le pone Neymar y sus regates o ‘elásticas’ de Rivelino; el de las ráfagas eléctricas de Messi o el del martillo pilón de Luis Suarez, de oficio ejecutor. Tres fenómenos que salen al campo con la misma ilusión con la que llevarían a sus hijos al Circo del Sol; tres amigos que a menudo cenan en familia; y dos guardias pretorianos que saben cómo rendir pleitesía a su César. Es la gracia de un Barça programado en modo rodillo, “para divertirse atacando y defendiendo”, como dijo Rakitic anoche. Vino la Roma a morder el segundo puesto del grupo y en quince minutos quedó reducida a un guiñapo, un muñeco de pim, pam, pum. Y no porque bajara los brazos como el Real Madrid en el clásico, simplemente porque delante tenían al Djokovic del momento, que te barre por tierra, mar y aire. Ése es el Barça de Luis Enrique.

Si el fútbol son estados de ánimo (Valdano dixit), el Barça es campeón; si el fútbol es un deporte de once contra once en el que siempre gana Alemania, entonces el Barça es muy germano. Y como citó Renato Cesarini tan brillantemente (a él se le debe el concepto de ‘zona Cesarini), “el futbolista es como un caballo. Si uno lo monta bien, lo respeta y obedece. Pero si usted no sabe apretarle bien los tacos, lo bellaquea y por ahí lo tira”. El Barça ha aprendido a mimar su juego, primero acorazándose en retaguardia sin distracciones estrepitosas. Piqué ha sabido separar sus provocaciones del fútbol, Vermaelen acabará siendo el central por el que mató el incomprendido Zubizarreta, y Dani Alves, sin llegar a la explosividad de la era Guardiola, se irá motivando entre tanta euforia. Sin un coladero en la defensa, emerge el gran Busquets de siempre, al que le ha costado coger ritmo a la temporada. Albañil de vocación, a los puristas les da rabia que la FIFA no le haya elegido en el mejor once del año. Tipos como él, Makelele y próximamente Casemiro son imprescindibles para comerse marrones. Porque detrás del fútbol hay mucho trabajo sucio y pocos jugadores son los elegidos para pringarse en el barro. Que se lo pregunten al seleccionador alemán Joachim Löw, que reservó la titularidad al lesionado Khedira para el Mundial de Brasil. El resultado fue incuestionable.

El contraste entre institución y primer equipo es alucinante. El club afronta juicios, debe cuidar a estrellas imputadas y lidiar con los castigos de la FIFA. Sin embargo, el vestuario vive una realidad paralela reducida a una pelota y dos porterías. Son exageradamente buenos, pero sólo presumen en el campo; juegan a velocidad de crucero pero tienen un manual de emergencias, por si se repite otro drama de Anoeta de género apocalíptico. Y así es metafísicamente imposible que este Barça se empotre como el Madrid de Carlos Queiroz. Aquellos merengues también jugaban como los ángeles y en febrero se les regaló el triplete. Pero Luis Enrique no desgasta al mismo once partido a partido, y en enero recibirá a Arda y Aleix Vidal. Oro y mirra para el banquillo. Las expectativas son tan planetarias que da miedo. Y no es una hipérbole. 

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