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Cómo entrevistar a Maradona

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Cuenta Luis Miguel González en su libro Las mejores anécdotas del Real Madrid  que a principio de los setenta sólo un periodista de MARCA y otro de AS cubrían a diario los entrenamientos del equipo de Miguel Muñoz. Una vez uno de ellos llegó tarde y el entrenador blanco retrasó la sesión hasta que el reportero apareció por la Ciudad Deportiva de La Castellana. La complicidad entre futbolistas y periodistas cobraba cada vez más normalidad, dado que aquella vertiente del periodismo deportivo, diferente de las crónicas y retransmisiones en directo, iba arraigándose en España. Tomás Guasch sigue sin entender por qué el mundillo del fútbol se ha cerrado tan herméticamente a la prensa: “a finales de los ochenta y en los noventa tú ibas a un entrenamiento y después concertabas una entrevista para dos o tres días después. Jugadores como Tarzán Migueli te facilitaban el trabajo”. Tampoco hacía falta llegar al extremo de disponibilidad de Hugo Sánchez, quien fue pionero en contentar a los chavales que acudían a los entrenamientos en día festivos. Guasch cuenta que el mejicano salía del vestuario con una riñonera y sacaba decenas de fotos que firmaba para los niños. La espontaneidad entre futbolista y periodista era clave para el rigor informativo de sus escritos; el reportero de turno conocía las sensaciones del jugador no de oídas, sino por testimonio directo.

Pero ese modelo de trabajo se vino abajo con la masificación de medios. Todavía en la época del Dream Team de Cruyff, incluso durante los primeros años de los ‘galácticos’ de Florentino Pérez, los periodistas accedían a una sala por donde pasaban los protagonistas perfumados directos al parking. Enrique Ortego publicó innumerables entrevistas con Butragueño o Míchel, negociando directamente con ellos en la antigua Ciudad Deportiva; obviamente, las gestiones eran muy puntuales: previas de clásicos, derbis, días de Copa de Europa, etc. Pero los encuentros cara a cara cambiaron para siempre con el nacimiento de la era digital y todo ese ejército de medios que acude en tropel a los entrenamientos; no era lo mismo que un puñado de periodistas charlase en versión barra de bar con varios futbolistas a que una legión reclamase entrevistas personales. Ante tanta demanda, los clubes necesitaban jefes de prensa que supieran organizar las peticiones a la vez que colmasen la voracidad de la información diaria. En consecuencia, el trato personalizado se transformó en una rueda de prensa en la que cada medio podía hacer una pregunta, cuanto menos molesta, mejor. El negocio del fútbol y su expectación global había aumentado a la enésima potencia…estrellas (y hombres anuncios) como Ronaldo o Beckham recibían solicitudes de cualquier rincón del planeta mediante el envío de un simple (o simplón) email. La famosa sala que comunicaba el vestuario de los jugadores con los Ferrari y Lamborghinis más exclusivos del mercado desapareció.

Detalles como la arenga que captaron las televisiones de Iker Casillas a sus compañeros en el túnel de vestuarios de Gerland a grito pelado, previo al Lyon-Madrid de la Champions de 2011, resultan casi milagrosos. A los aficionados les pierden los trapos sucios, lo que se masca entre bambalinas, y reclaman más imágenes ‘no vistas’. Por eso, la obra maestra de Informe Robinson donde las vivencias de la selección española en Sudáfrica quedaron inmortalizadas al detalle no tiene precio. Suena a vacile que el fútbol aún no haya dado el paso que deportes tan espectaculares como la NFL o la NBA tomaron como hábito hace años. En Estados Unidos es ritual que una cámara y un micrófono se cuelen en los vestuarios; al fin y al cabo, el negocio es el entretenimiento. En ese estricto sentido, las redes sociales son una plaga que ha suplantado de lleno la personalidad de ese periodismo más indiscreto: cualquier tuit de Cristiano Ronaldo le ahorra el marrón de convocar una rueda de prensa; 140 caracteres que como venga cargados de ironía (modo Gerard Piqué), apañan horas de cualquier tertulia.

Instagram y Facebook trabajan a destajo después de cada pitido final. De repente, una marabunta de fotos de vestuario, con la mitad del equipo posando medio desnudo, se publican en internet. Sonrisas profident (sólo cuando ganan, claro) y abdominales casi de photosop  bastan para fingir en algunos casos buen rollo. Recuerdo una imagen de Canal Plus siguiendo al sevillista José Miguel Prieto desde el césped de Mestalla hasta casi la ducha después de ser expulsado en un Valencia-Sevilla de 1994. Por aquella época, ya parecía un sacrilegio que un intrépido periodista pudiera colarse hasta la caseta con un partido en juego. En la fonoteca quedará para siempre el lance radiofónico de Poli Rincón y la entrevista exprés que intentó hacerle José María García cuando el bético se retorcía de dolor en el vestuario tras haberse lesionado. Fue el periodista Roberto Gómez quien puso el micrófono ante el lloro desconsolado de Poli; a Supergarcía se le ocurrió quitarle hierro al asunto con el famoso “ya sabemos que el bravo Hipólito Rincón acostumbra a agrandar con consideración sus percances”.

Aquellos episodios pasaran a la posteridad porque difícilmente se repetirán. Los clubes se han blindado en un búnker en el que una lesión se esconde como si fuera un parte de guerra para el alto mando. Las explicaciones públicas se han transformado en comunicados oficiales (el Madrid de Ramón Calderón se atiborraba de ellos); los entrenamientos de puertas abiertas bajaron la persiana para evitar filtraciones tácticas (así lo ordenó Fabio Capello –o Mijatovic- durante su segunda vez), y la ruleta automática de elegidos para poner la jeta delante de los medios es la única vía general para intuir cómo respira un equipo. Al menos, el Barça saca muñecos, los merengues sólo a su entrenador, aunque en las últimas semanas Cristiano, Ramos y Bale han desfilado por zonas mixtas. Los medios nos hemos acostumbrado a sacar petróleo de las ruedas de prensa; por eso, los clubes ya no se sorprenden con tomahawks directos a la actualidad rosa, no del rival de turno. Es lo que vende, lo que más se cliquea en las webs. Así funciona el negocio: o lo tomas o lo dejas. Pero no pelees por cambiarlo, no interesa. Guasch delata el contraste de ayer y hoy, ”todavía recuerdo cuando pude hablar con Maradona después de un entreno del Barça. Le pregunté si le podía entrevistar para mi periódico y me dijo que viniese en dos o tres días”. Eran otros tiempos, sí; pero también era Maradona.

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