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Estrategia cero

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Ibrahimovic cuenta en su biografía Yo soy Zlatan que, durante su primera temporada en la Juventus, Fabio Capello le encerró en su despacho viendo vídeos de Marco Van Basten para aprender todos los movimientos tácticos que le ayudaron a triunfar en el siderúrgico Calcio. Ibra relata que siempre agradecerá aquel castigo porque en apenas media hora entendió cómo descerrajar las acorazadas defensas italianas. Rafa Benítez quiso enseñar a Toni Kroos a poner pases de cuarenta metros con un pateo determinado, y a Cristiano Ronaldo a lanzar faltas poniendo la bota de otra forma concreta. Una sensación de parvulario para cualquier futbolista de élite. Sin embargo, a ninguno de ellos les ha metido en vena conceptos tácticos; ni siquiera a Gareth Bale, que campa a sus anchas por el césped sin ninguna noción teórica. Quizá un puñado de vídeos con sus jugadas más imponentes en el Tottenham explicaría por qué debe jugar en la banda izquierda por lo civil o lo criminal: la asistencia de gol a Lucas Vázquez confirma la regla. Bale se mueve como nadie dentro del cajón desastre; sabe negociar el caos  porque, sin táctica a la vista, arranca un par de galopadas que excitan a la grada. El galés cuajaría como un molde en los férreos sistemas de Mourinho por ese talento de velociraptor al contraataque. Es una simple idea, la de Benítez sigue siendo un sudoku demasiado sesudo incluso para él. La Real Sociedad desnudó esa vergüenza que arrastra el entrenador obsesionado con almacenar discos duros de estadísticas, y bastante dejado en el esfuerzo ajedrecista que exige el fútbol de primer nivel.

Vicente Del Bosque siempre ha arrastrado fama de gran gestor y mal entrenador. En el Real Madrid se le acusaba de contar con los mejores futbolistas al son de ‘Salid y jugad como sabéis’. Sin rigor, sin ensayos de laboratorio. Pero la final de la Octava en París, con la osadía de los tres centrales (Helguera, Karanka e Iván Campo) calló muchas bocas. Benítez denuncia campañas contra el club y la prensa le denuncia a él por pésimo estratega. El partido de ayer lo jugaron once estatuas clavadas con chinchetas sobre el tapete: sin intercambio de demarcaciones, sin presión alta, ni baja. Da la sensación que el Madrid es como un equipo de la NFL: el ataque sale en una jugada y la defensa en otro. Compartimentos estancos. La prueba de que el algodón no engaña significó el aplauso de la grada a Bale por sacrificarse en un momento puntual. Incluso, Cristiano corrió hacia atrás cuando la Real se hartaba de sobar el balón de lado a lado y el Bernabéu estalló en un silbido desgarrador. La peor noticia para los jugadores en su intento de comulgar con la gente fue la indiferencia absoluta en el golazo de Bruma. Sentimiento del hartazgo más absoluto. Desde fuera se ve a la legua una plantilla poco trabajada, sin esquemas ni chuletas tácticas. El Madrid gana porque a los puntos tumba a todos en la Liga, salvo Barça y el Atleti de los últimos tiempos. Con los demás, cualquier genialidad de CR7 o la inercia goleadora del equipo sobra. Aunque eso no basta para ganar títulos.

Hay casos demasiado alarmantes. De repente, Kroos aumenta su eficacia al doscientos por cien porque su área de trabajo se limita a una cabina de teléfono, que es el espacio que necesita para pasársela a un compañero. Recibe el balón y lo suelta sin ningún mérito. Si Modric se siento incómodo, la sala de máquinas se avería. No hay plan B ni C que supla la inspiración del croata. Como tampoco hay una explicación convincente que responda al bajonazo de James. Bueno, Paco González esgrimió en El partido de las 12 que el club está preocupado por ciertos vicios del colombiano que recuerdan a los de Mesut Özil. Dicen que su peso no es el idóneo y ha perdido las esculturales abdominales que le mantenían como un bulldozer. Y Benítez se ha percatado de que él no ha podido contar con la mejor versión del colombiano que sí disfrutó Ancelotti. El único consuelo del madridismo más ciego es que el margen de mejora es, sencillamente, bestial; el temor es que cualquier esparrin le puede pintar la cara. Mestalla huele a drama.

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