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Doctor House

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“Hicimos una gran primera parte”. De repente, Rafa Benítez actuó como el Doctor House y detectó la enfermedad que el resto de los mortales ni siquiera intuía: cree a ciegas que su equipo juega bien. Cero autocrítica y un pequeño dardo a la prensa suplicándole “elogios” y no campañas. El Barça había bajado la guardia en Cornellá y los blancos se encontraron con la enésima oportunidad para no tirar la Liga por el retrete. Este Madrid juega como el último Roger Federer del que vamos a disfrutar: se exprime en un set, se relaja en el siguiente e intenta matar el suspense en el tercero con más talento que actitud. Suele ganar, pero a veces resbala. Mestalla debía ser el estadio de la conjura ante un Valencia de trapo que en versión portuguesa o inglesa se enciende en su antimadridismo. Les pone y juegan a mil revoluciones. Y en actitud nunca perderán, y menos ante equipo con nula disciplina espartana. Da la sensación de que el Madrid es un tigre enjaulado que en cautividad se vuelve manso; ya no es ese gigante anestesiado que en cualquier momento lanzaba un puñetazo demoledor, ni siquiera se inspira en los minutos de vendaval que volteaba resultados imposibles.

Dijo Benítez que la expulsión de Kovacic trastocó la táctica: suponemos que sólo él vio hasta entonces una partida de ajedrez. O quizá tuviese en la cabeza un auténtico galimatías, como Bobby Fischer. Desde el televisor se veían en alta definición nueve futbolistas clavados con una chincheta sobre el tapete, mientras que Benzema y Bale buscaban cierta gracia para desarmar la defensa de cartón piedra del Valencia. Parecía una comedia de Benny Hill, en la que Abdennour perseguía como pollo sin cabeza (Toshack dixit) a los delanteros merengues, y cada vez que pisaba el balón, a Mestalla se le sobrecogía el corazón.  Incluso al Valencia más caótico de los últimos tiempos no se le puede dar electroshock, es un superviviente nato.  Pero el Madrid más árido se ha acostumbrado a la siesta y tan pronto suelta una buena dosis de metralla como permite que le lancen un gancho a la costillas. No tiene el fuelle suficiente para aguantar noventa minutos, y eso delata una plantilla poco trabajada. Ya no es una cuestión de énfasis, sino de mentalidad. De unas cuantas clases de coaching, ahora que está tan de moda.

Benito Floro fichó por el Real Madrid en el año 92 y exigió un psicólogo porque oteaba desde el horizonte unas lagunas descaradas en la herencia que le dejaron Radomir Antic y Leo Beenhakker. La novedad eclipsó a los jugadores hasta que llegó la fatídica noche de Riazor, en la que el ‘Super Dépor’ remontó un 0-2 para desastre merengue, Unas fechas después, cayeron en Sevilla y los jugadores utilizaron una habitación del hotel de concentración como consulta improvisada. Sin Floro ni el psicólogo. Al final, Ramón Mendoza prescindió de sus servicios. Este Madrid necesita otra habitación de hotel, una reunión en la que los jugadores analicen los síntomas del enfermo por su propia higiene mental. Quizá jugando a los médicos, coinciden que los males son los mismos que habla la calle. No esperar a que el Doctor House intuya el milagro. No obstante, Benítez no ha engañado a nadie, sólo a sí mismo y una vez: el día que decidió emborronar la pizarra y plegarse a la mercadotecnia, a la alineación más ‘hollywoodiense’. Cero a cuatro del Barça y sin preguntar. Eso es ganar con estilo.

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