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Y ya no regateaba ni a una farola

Con o sin Messi. Con o sin Suárez. El Barça ni se inmutó en plena metamorfosis. Si Luis Enrique deja huella en la posteridad, habrá que agradecerle su poca obsesión con La Masía. Respeta el universo Cruyff, pero sugiere el noble arte del contraataque. Sus detractores le restregarán que es estilo Mourinho, será entonces cuando Luis Enrique escupa esa carcajada entre la ironía y el descojone. Por tierra, mar y aire el Barça parece imbatible. Es el Roger Federer que clava aces, mete reveses a una mano imposibles y volea como los ángeles. En San Mamés no necesitó velocistas para cuadrar el contragolpe perfecto: cinco pases desde la portería de Ter Stegen que acabó resolviendo Munir con un ‘tac’. Y entre medias, una ración de ardaturanismo (genio y figura del balón), y el pase final con escuadra y cartabón de Rakitic. En otra época todavía reciente había un madridismo que acusaba a su equipo de prehistórico; era cuando la perfección se apellidaba Guardiola. Entonces, Madrid y Barça eran el yin y el yang, y Mourinho y Guardiola héroe y villano para una camiseta u otra. Pero Luis Enrique pasa de todo: su enemigo es la prensa que le incomoda cada vez que pisa su sala de prensa, y el Real Madrid sólo un club de su pasado. El asturiano fichó por el Barça convenciendo a Zubizarreta de que no perseguiría la escuela holandesa. El producto final, consensuado con Leo Messi, es un Barça que no se agobia por defender atrincherado y sigue bailando claqué con el balón en un palmo de césped. Véase el 0-4 del Bernabéu.

Con Messi o sin él. El Barça salió aplaudido de Madrid, y el Athletic rugió como un gatito. La hipnosis de San Mamés desapareció con el contraataque perfecto. A partir de ahí, alfombra roja a Don Andrés Iniesta, cuyas virguerías tendría que probarlas dentro de una cabina de teléfono. Su eterna tranquilidad sólo se altera en Bilbao, donde parece que juega cabreado desde que el viejo San Mamés le acusó de tramposo por provocar una expulsión de Amorebieta en 2011. Llama la atención que el manchego rompa con esa facha discreta y a veces sosaina, sobre todo por decisiones absurdas como la amarilla del árbitro González González. Amonestar a Iniesta suena hiriente, casi como cuando penalizaban a Raúl González. Quizá porque apenas queda un reducto de futbolistas que no pierde los nervios. Si el barcelonista hubiese nacido en un club pequeño, nadie se molestaría en recordarle: le habría faltado el lado vividor del Mágico González. Pero, por suerte para España y el Barça, le cuesta menos de un segundo pensar la mejor decisión.  Por eso, Arda alucina por estar jugando con los mejores.

Y en este país tan cainita y amante de destrozar mitos por el mero ocio de ponerlos a parir como cotorras, Iniesta también sirvió de carnaza. Y no hace demasiado tiempo. Sucedió al principio de la temporada y coincidió con la versión más centrada de Isco (odiosas comparaciones). Mientras el madridista convencía a Ancelotti con noches de teatro y días en la mina, esforzándose en correr, a Iniesta no le funcionaban sus gafas de rayos X: la mente nublada y el ánimo bajo tierra. Llegamos a decir que ya no regateaba ni a una farola. Otra reliquia al trastero para cubrirse de polvo. Sin embargo, el manchego supo desde que Xavi Hernández se retiró que él debía volver a pintar lienzos. Tarde o temprano la inspiración le llegaría. Sólo rezamos para que no vuelva a esfumarse.

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