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Gareth se reencontró con Bale

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Noche ciclónica en el Bernabéu. Un alto directivo de la planta noble insiste en que “el mejor Bale es el as que se guarda en la manga Zidane”; no en vano, hasta su última lesión contestó con goles a toda esa corriente mediática que le restriega su P.V.P de 91 millones. Es un galáctico que necesita cuidados intensivos, una puesta a punto casi perfecta que evite amagos de contracturas, roturas o cualquier tipo de calambre muscular. Su preparación se asemeja a la de un velocista del hectómetro; de ahí, su zancada descomunal y la tensión en esos muslos de chicle para lanzar tomahawks inteligentes. A Steve Mcmanaman le llamaban Steve  por su carácter bonachón dentro y fuera del campo; Bale ha sido Gareth demasiado tiempo. Steve acabó complaciendo al Bernabéu hasta retomar el nombre y talento de aquel ‘Macca’ que surcaba la banda de Anfield con regatos y fintas, mientras que el tímido Gareth  se ha reencontrado con el torpedo Bale que puso patas arriba White Hart Lane. 

Le ocurre como a Will Smith en su papel de Hancock: derrocha poderes sobrehumanos sin nadie que se los corrija. Ancelotti consiguió por momentos controlar su hipervelocidad encorsetándole en la banda derecha, con esprines que no sobrepasaban la línea de fondo. Pero esa camisa de fuerza le inhibió de momentos antológicos como su carrera de medio campo en Mestalla, delante de la cara del impotente Bartra. Bale no tiene la cintura de avispa de Arjen Robben, que le permite amagar por fuera y adentrarse por el balcón del área. Pero tampoco lo necesita porque el defensa nunca sabe si se embala en la autopista o conecta el proyectil.

El Bernabéu suspira por esa conexión Bale-Benzema-Cristiano, tan comercial como poco práctica. Hasta el momento, demasiados cuentos chinos para una delantera de la que apenas se recuerdan jugadas de videoteca. Por supuesto, el Sevilla rompió con el pesimismo de una grada que no entiende cómo un vestuario tan bestial sufre en Granada, casi pierde en Málaga y no da una a derechas en los últimos derbis. El primer gol del Madrid demostró que Bale no arrastra una pata de palo en la derecha, y que el tópico de que Benzema sólo sabe fabricarse la jugada desde fuera del área es pura farsa. Quizá no tenga el salto gimnasta de Falcao ni el aguijón de Lewandowski (o sí), pero si su cabeza se lo permite y deja de pensar en el limbo, es el delantero nacido para jugar en el Real Madrid. Cristiano siempre insiste en que Karim es su “mejor socio” y cuando raja ante la prensa de que sufre en el campo cuando no están los mejores, su verdad no es políticamente correcta. Pero tiene más razón que un santo. Porque no es lo mismo poner un balón al espacio a Bale para que reviente un contraataque, que cedérsela a James y rezar para que salga cara y no cruz; porque no es lo mismo que Benzema escurra la jugada en un par de toques limpios, que ralentizar el ataque con el pegamento que suele llevar Isco en la bota. El 4-0 no fue el mejor partido de la temporada por chutar catorce veces a portería, sino porque al fin se vio ese vendaval que arrolla con todo a su paso. Y Zidane, que entiende que teledirigir su mito desde el banquillo es casi imposible, va ejerciendo de entrenador práctico, y si tiene que blindar al equipo en el Camp Nou con Casemiro, se olvidará del fútbol de Billy Elliot tan acostumbrado en su época.

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