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Felix Baumgartner

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Estadio Luis II de Mónaco; abril de 2004. Zinedine Zidane se acerca a su compatriota Ludovic Giuly en el túnel de vestuario durante el descanso y le suelta un susurro cómplice: “Estamos muertos, agotados”. El Madrid plantea la segunda parte de aquella fatídica Champions con grilletes en los pies, sin físico para la reacción. De repente, el Mónaco del exiliado Morientes voltea los cuartos de final y el proyecto faraónico de Florentino Pérez entra en barrena en el famoso ‘galacticidio’. El equipo construido para barrer en Europa comienza a arrastrarse sobre el césped monegasco sin amago de ruletas de Zidane ni manadas de búfalos (Ronaldo). Es entonces cuando la prensa aduladora dispara toda su metralla contra Carlos Queiroz y su nulo ojo clínico, porque el Madrid galáctico fueron once titulares, con Solari y Guti como banquilleros de lujo; rotar a las estrellas no estaba autorizado en el reglamento del club. Primero fue el sopapo del Zaragoza en la final de Copa; días más tardes la catástrofe de Mónaco y, a continuación, cinco derrotas ligueras que desmontaron la plantilla como si fuese un lego.

El madridismo recuerda en estas horas su fatal recuerdo. Anhela que al Barça le suceda la misma Apocalipsis, ese paso del cielo al infierno a la misma velocidad que bajó Felix Baumgartner desde la estratosfera. Desde la Ciudad Condal surge cierta corriente pesimista que rememora el victimismo ochentero culé: son varios ex jugadores como Jose Mari Bakero los que se acuerdan del descalabro de Queiroz. Sus declaraciones off the record no cambian nada de las públicas: son cautos porque el ocaso del Dream Team les forjó su cautela. Sin embargo, en el vestuario azulgrana se aferran a la palabra de su capitán Iniesta: necesitaban un colchón demasiado mullido para amortiguar la caída. Visto desde fuera, el Barça se agrieta porque Luis Enrique no ha embadurnado con antioxidante a su MSN. El ritmo de partidos es brutal desde la Supercopa de agosto, sin apenas descanso y con un puñado de viajes transatlánticos que atenaza los músculos. Existe cierto temor en la planta noble del Camp Nou (esto es información, no opinión) a que el equipo se desmorone como el del ‘Tata’ Martino, que se quedó sin gasolina para el esprint final de temporada y con Leo Messi en las portadas por sus arcadas y no su Circo del Sol.

Por pura estadística, el Barça tenía que sufrir la pájara en su Tourmalet. Por pura estadística, los jugadores no podían aguantar el fútbol ciclónico de estos meses. Por pura estadística, Messi, Neymar o Luis Suárez tenía que quebrar. No ha sido el uruguayo, cuyo letalidad sostuvo a todos ante el Atlético. Y del mejor jugador del mundo tampoco se duda porque, al fin y al cabo, él decide el destino del Barça y no al revés. Curioso, entonces, que el mejor año de Neymar se ennegrezca ahora con escapadas disolutas (aceptadas por Luis Enrique); y como este deporte olvida su memoria en pocas horas, el brasileño necesita devolverse a sí mismo a las favelas donde le descubrieron. Allí encontrará el catálogo de regates que asombró al mundo hace…..¡tres semanas! De locos. Por pura estadística y sin fanatismos, el Barça sigue siendo favorito para todo. Tampoco lo olviden.

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