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Pico, pala y goles

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Armó el Kalashnikov y en el día señalado no se le encasquilló. Luis Suárez regaló la Liga al Barça y pidió permiso a Messi para posar delante en la alfombra roja de Hollywood. Disparó antes de preguntar en Los Cármenes porque sabía que un gol suyo abriría la lata y evitaría cualquier calvario que perturbarse al vestuario. Entendió mejor que nadie la inspiración de Neymar (¡por fin!) y se hinchó a desmarques mortales. Era su momento y ni siquiera los goles de Cristiano que aparecían en el videomarcador le descuadrarían el día perfecto. Jordi Alba dio con la tecla en zona mixta: “Luis es el mejor no porque meta goles, sino porque también trabaja para el equipo”; es la opinión generalizada en el club. El uruguayo sale al campo a tumba abierta, como si quisiera reivindicar que la FIFA metió la pata hasta el corvejón con su mordisco a Chiellini. De enemigo público a ídolo de masas con el revolver más rápido del Oeste. Desenfunda tan rápido que los más puristas se ponen de pie cuando le mencionan, y eso sólo ocurrió con Stoichkov, Romario y Ronaldo Nazario. Todos ellos Balones de Oro. Cuando la temporada intuía el enésimo Barça de Messi más diez, apareció el ‘caimán’ justo cuando la MSN se oxidaba. Precisamente, D10S agradece que su delantero centro remate, centre, abra huecos, baje al barro para pelearse con las defensas y persiga el balón como un rottweiler con los ojos inyectados. El mundo le considera una estrella, él se siento minero: pico, pala y los goles llegarán a borbotones.

Suárez llegó al Barça olvidándose de su ego personal y ensayando la mejor de las sonrisas delante del espejo. Ha superado a Neymar en decibelios de aplausos porque sigue jugando de crack silencioso, goleando y ejerciendo de samaritano (22 asistencias en toda la temporada). A Pep Guardiola le habría encantado contar en el Bayern con este ejecutor, híbrido entre un ‘falso nueve’ y un boya de waterpolo. Sus movimientos son demasiado escurridizos como para pegarle a la chepa un Gattuso de turno; su colocación recuerda a la de Karim Benzema, tan productiva fuera del área como letal en la cocina, quizá más. Luis ha asimilado que sólo hay un gallo en el corral y, además, él se ha convertido en su mano derecha. Con Messi suele armar el taco porque se ven de reojo y telegrafían la jugada. Sus habituales cenas familiares son festejadas en la planta noble del Camp Nou (esto es información y no opinión): admiran la simbiosis de ambos porque al mismo tiempo espantan viejos fantasmas. Por de pronto, los del discotequero Ronaldinho y el ególatra Ibrahimovic. Uruguayo y argentino son tipos normales que huyen de las cámaras, hasta el punto de torcer el gesto si el que les graba con Periscope es el mismísimo Piqué.

Diego Torres publicó en El País  hace dos temporadas que varios directivos del Real Madrid disuadieron a Florentino Pérez de fichar a Luis Suárez. “Un delantero de ochenta millones no sólo tiene que marcar goles”, comentaron los ejecutivos, según el periodista. Daban a entender que el club necesitaba a Benzema o una versión aproximada del francés, lejos del típico delantero como Falcao, que remata (o remataba) hasta un microondas desde el punto de penalti. Pensaron que el carácter inflamable de Suárez colisionaría con el libro blanco de conducta del club; por encima de todo, la imagen. Y sí, el uruguayo está forjando su leyenda buscando goles por tierra, mar y aire; desde el fútbol de alcantarilla para listos hasta el Circo del Sol llamado Fútbol Club Barcelona. A él le deben la Liga número 24. Y las que quedan.

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