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La maldición de Aquiles

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Milán espera al nuevo César entre la mística del #Nuncadejesdecreer y el flagrante debate de ganar o fracasar. Como una partida de ajedrez, Simeone ha entrenado al equipo en secreto para detener el contraataque del Madrid; intenta buscar la kryptonita contra ese arma de destrucción masiva de la que no presumen los blancos. Quizá por miedo a traicionar la historia del club o a evocar la era Mourinho, ningún mito merengue ha alardeado de un estilo que el portugués puso en sospecha. No debe sonar caballeroso que el Real Madrid disfrute del pim, pam, pum, cuando los últimos tiempos, exactamente desde Ronaldo Nazario, han delatado que el Madrid es mortífero devolviendo golpes y no con ese fútbol hegemónico con el que tanto se le llenaba la boca a Xavi Hernández. “Una final de ida y vuelta, con poca posesión y demasiados robos”, dice Pedja Mijatovic, acostumbrado a otros tiempos en los que sólo Luis Aragonés confesaba delante de una cámara que su Atleti jugaba a contraatacar con Futre, “lo demás, tonterías”. Curioso cuando el ‘Sabio de Hortaleza’ ha pasado a la posteridad por el tiki-taca de la Eurocopa 2008.

Simeone arma y desarma contraataques, y está blindando un cerrojo para que el Madrid se encuentre enfrente el Fort Knox. El experimento se convirtió en costumbre y los blancos casi siempre se han inmolado en ese laboratorio; ‘casi’ porque no fallaron el día D. El mundo colchonero puede seguir girando sin porque el primer mandamiento ‘cholista’ se ha vuelto a cumplir: terceros y clasificados para la siguiente Champions. Más allá todo es festival. Por eso, como escribía Roberto Palomar en Marca, “en el cholismo perder es ganar”, sin depresiones, sin acabar tumbado en el diván de un psicólogo. Es el atajo más rápido para sacudirse la presión. Porque si hay un club que debe cumplir no es el Atleti. Allí hay que estar mal de la chaveta para susurrar la palabra fracaso; y más, sabiendo que este Atlético no hace demasiado tiempo perdió contra el Albacete en Copa para bochorno del Calderón y de Goyo Manzano, inmediato antecesor del universo Simeone. Es el Madrid quien juega la final sin red, asomado al abismo al que se arriesga un funambulista. “Ganar o morir, y así cada año”, espetó Bernd Schuster pocos días después de ser despedido por el ex presidente Ramón Calderón. Y tiene razón el alemán: al Madrid le sucede como a Aquiles, que su gloria y su maldición caminaron juntas en Troya, separadas por una delgada línea roja.

La Champions eclipsa todo, es el quinto elemento. Bien lo saben en Barcelona, donde esperan ansiosos (aunque no lo reconozcan) a la gesta de su hermanado Atlético. Es la prueba indiscutible de que Madrid y Barça son vasos comunicantes: que el doblete sea histórico o anecdótico depende de los blancos. Explíquenselo a un marciano. Dicen que ésa es su grandeza: conquistar San Siro o fracasar, sin término medio. Suena durísimo, pero es la presión tan “única y exclusiva” de la que hablaba Arbeloa en los días de su despedida. Hubo un tiempo en el que a Roger Federer le exigían ganar todos los Grand Slam, cualquier otro resultado se olvidaría rápido. Noventa minutos dirán si el Madrid necesita una catarsis drástica para salir de un desierto de dos temporadas o desde el permanente epicentro del huracán farda de dos Champions en tres años. De cero a cien en lo que dura un chasquido de dedos; es el Ferrari imposible de controlar.

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