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Dani Alves, Samuel Eto’o….gente imprescindible

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“Si Guardiola me dice que suba al tercer anfiteatro y me tire, pensaría que algo bueno debe haber ahí abajo”. Dani Alves es un tipo agradecido a quien le ha dado la fama; “que la gente mire lo que hago dentro del campo, no fuera, que es mi vida. Y si bailo, así soy yo”. Dani Alves es tan sincero como Samuel Eto’o, el primer culé que puso patas arriba el Camp Nou al son de correré como un negro para vivir como un blanco; “Hay mucho racismo en el fútbol. En España se venden como un país del primer mundo, pero en algunas cosas están muy atrasados”. Dani Alves es tan gráfico, que es capaz de comerse un plátano tirado desde la grada y servir de inspiración a media humanidad; “Ser del Barça es recomendable para la salud”. Dani Alves no necesita haber jugado en La Masía para presumir de ADN azulgrana; “A mí me pone cachondo mi chica, no un partido en el que te golpean”. Y Dani Alves se siente futbolista, pero sobre todo un privilegiado de la vida. Genio y figura hasta la sepultura, los periodistas esperamos las ruedas de prensa de Alves como un rottweiler con espuma en la boca en busca del mordisco. Armamos la metralleta y a la primera que suelta un titular demoledor vaciamos el cargador. Es brasileño pero entiende que la rivalidad hay que calentarla a la antigua usanza, como Stoichkov y Míchel, Gaspart y Mendoza. Con él se va uno de los personajes de nuestro fútbol y eso que todavía tenemos nostalgia de Eto’o, Guti, Schuster…Aborrecidos de tanta sota, caballo y rey en las salas de prensa, siempre nos quedarán Piqué y Cristiano Ronaldo cuando se alinean los planetas.

Dani Alves había firmado su defunción azulgrana un año antes, cuando retó en público a la directiva y renovó en plena efervescencia del triplete. Digno sucesor de Cafú, ha sido, de lejos, el mejor lateral derecho de la última década. Sus cabalgadas por la banda convencieron a Guardiola para inventarse un carrilero con esencia de extremo; tan pronto defendía su área como se inventaba centros con escuadra y cartabón. Monchi le descubrió donde ningún otro ojeador buscó, en un modesto club llamado Esporte Clube Bahía que lo vendió al Sevilla por menos de un millón de euros. Cuatro temporadas después y con un buen zurrón de títulos, el Barça le compró por 35 millones, hasta entonces el segundo fichaje más caro de la historia azulgrana, sólo superado por el del holandés Overmars. El Real Madrid se quedó con la miel en los labios, a pesar de que el propio Alves inmortalizó una de esas frases que tanto gustan a Florentino Pérez, “¿a quién no le hace ilusión jugar en el Madrid?”. La única verdad indiscutible es que el Barça no despilfarró el dinero porque al brasileño le bastó un puñado de partidos para agenciarse la línea de cal. Proeza de la genética, Guardiola llegó a preguntarse públicamente que para qué necesitaba un jugador delante de Dani si valía para todo. La estadística es sobrecogedora: cierra su ciclo firmando más asistencias que ¡¡Xavi Hernández!! Pongámonos en pie.

Nunca engañó a nadie ni dentro ni fuera del césped. Jugaba cada partido como si no hubiese mañana, y las redes sociales delataron su vida alegre, con ese eterno vacile que no pretende ser hiriente. Logró tanto en tan poco tiempo que bajó las revoluciones en el campo: en el último año de Pep, a Dani se le había nublado la mirada del tigre. Sus centros se quedaban cortos o largos por milímetros, y el lateral a veces se convertía en un coladero delante de un media punta escurridizo. No en vano, el propio Guardiola recomendó su traspaso porque se había desgastado demasiado. Pero Alves es un luchador que sólo se motiva con retos gigantescos (“si no me enfrentara a los mejores, estaría en el equipo de mi pueblo”); se acercó a su versión más exagerada con Tito Vilanova para amortiguar todas esos chismorreos que le escaneaban con lupa,  y acto seguido volvió a dejarse llevar. En los últimos años ya no era esa tanqueta que recorría la banda de fondo a fondo con un motor diesel; jugaba como si estuviese agotado, distraído en jugadas absurdas. Como a cualquiera, le ha llegado su fecha de caducidad: ocho años en el Barça y el suculento honor de ser el tercer futbolista con más títulos de la historia…¡del fútbol mundial! Sólo detrás de Ryan Giggs y Vitor Baia. Quédense con el legado de Dani Alves, una trituradora de trofeos y la mejor rotativa que podría tener cualquier medio de comunicación. Que siga la fiesta en Turín.

 

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