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Estrella de rock por un rato

James Rodríguez se volvió a sentir estrella de rock en Colombia. Jugar con la ‘cafetera’ es su retiro dorado, algo así como la tierra batida para Rafa Nadal. Allí cada quiebro de cintura precede a un estruendoso aplauso; cada pase milimétrico de un puñado de anuncios comerciales y cada gol de un día nacional. Con Falcao olvidado en un sumidero, el madridista es líder natural de un vestuario que nunca ha dejado de creer en aquel futbolista desconocido para el gran público al que un gol estratosférico a Uruguay y el pago de 80 millones de P.V.P pusieron en órbita en esa galaxia que ha creado Florentino Pérez. En la Copa América James juega sin los grilletes que le oprimen en el Bernabéu; toca el balón sin miedo a la bronca y corre sin la carrocería que le ha ensanchado su voluminosa silueta esta temporada. Da la sensación de que le han practicado un exorcismo antes de vestirse de cafetero: su mente está liberada de cualquier culpa, suda como en la mina y, la clave, puede fallar sin miedo al ‘qué dirán’’.

Los tótem de la historia le respaldan: desde el inigualable Valderrama hasta Faustino Asprillla, quien dijo hace unos meses que a su compatriota “no le dan cariño en el Real Madrid”. Quizá el ex delantero del Parma no haya seguido capítulo a capítulo el drama de James, desde que la grada le rendía pleitesía por pegarse una carrera imposible al estilo Raúl hasta el silbido unánime por vago y dejado, las peores acusaciones que se pueden sufrir con esa camiseta. Como en el caso de Iván Zamorano, cuando Valdano y Ángel Cappa le recuperaron para la causa después del frustrado fichaje de Eric Cantona, la Copa América de James le está viniendo bien por higiene mental. Manolo Sanchís confiesa que es un “Porsche de alta gama con una caja de cambios complicada”; definición perfecta para explicar por qué James ha pasado del todo a la nada sin una razón que entienda la calle. Bueno, a lo mejor sí.

James quiere abandonar el Real Madrid. Lleva tiempo atrincherado en su realidad y a su todopoderoso representante, Jorge Mendes, le abrasan por teléfono con tanta llamada interesada. El colombiano intentó lucir abdominales a la salida de una de esas cenas de conjura merengue para demostrar que no está gordo, y aguantó el silenzio stampa con la persecución policial por la M-40 hasta que el club le exigió explicaciones públicas. Mucho estiércol y poco fútbol; líos a diestro y siniestro, y ninguna crónica generosa sobre el césped. Hace unos meses, en la penúltima convocatoria internacional de Colombia, lanzó un tomahawk  pero fuera del campo: mandó un  recado a Zidane porque allí se siente futbolista y rey Midas de los anuncios. Anoche repitió ritual en la Copa América: partidazo ante Paraguay, gol y un nuevo guantazo a Zizou: “Aquí juego hasta cojo”. Sin embargo, en Madrid aún no ha entendido que la ópera es demasiado selecta. Si no juega y, peor, no suda, los oídos le seguirán pitando. El galimatías de su cabeza empieza y acaba en él. O en el diván de un psicólogo que le recuerde por qué Florentino Pérez escuchó su nombre en Brasil no hace demasiado tiempo. Como dice Paco González, “es increíble que el Madrid no saque más provecho de este jugadorazo y más aun que él no saque provecho de sí mismo”. Para bien o para mal, sólo hay un único culpable y Jams sabrá quién es cuando quiera quitarse la venda de los ojos.

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