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Löw, el entrenador menos alemán

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Es el Real Madrid de Eurocopas y Mundiales. Cambia sus generaciones, pero siempre está ahí sin personajes mediáticos que alboroten a la prensa. Alemania no tiene un Vengador que salve al mundo, como Cristiano a Portugal, o Bale a Gales, pero sus panzer avanzan rondas sin freno. Si no hubiese sido por la mejor España jamás vista, la última década de los germanos habría sido escandalosamente inolvidable. Hay que otear un horizonte muy lejano para divisar su último fracaso: la Eurocopa de Portugal (2004) donde el seleccionador Rudi Völler construyó la última Alemania de pelotazos y cabezas cuadradas. A partir de entonces, la federación eligió al carismático Jürgen Klinsmann para introducir una ingeniera alemana más sofisticada. Constructores como Michael Ballack sacudirían el bloque de hormigón que tuvo su momento álgido con aquella mítica frase de Gary Lineker, “El fútbol es un deporte que juegan once contra once y siempre ganan los alemanes”. Preguntado por la célebre cita, Joachim Löw sugirió una vez en una rueda de prensa honrar a Lineker. Y así ha sido.

Löw ama el fútbol tanto como el buen vino. Dicen que la vinoteca de su casa merecería turismo enológico por su ultramodernismo; tanto como sus métodos de entrenamiento. El seleccionador de la Mannschäft no puede vivir sin un ipad que le acompaña en la mesilla de noche. Es la libreta de Van Gaal. Mediante un software a la vanguardia alemana, nunca mejor dicho, chequea cualquier dato imaginable de cualquier futbolista, sea del equipo nacional o un juvenil de las seis ligas regionales del país. No en vano, uno de los objetivos capitales de Löw cuando era asistente de Klinsmann fue implantar una metodología única en las academias de fútbol. Una especie de Masía o escuela del Ajax en todos los landerDe repente, el fútbol siderúrgico cambió por la precisión geométrica; prohibido regalar balones sin sentido. Prueba irrefutable de esta evolución es que Alemania cada vez es menos peligrosa en el juego aéreo y más en ese fútbol escurridizo de Kroos, Özil y Müller.

Löw entendió que el atajo más rápido para tumbar a Italia era reaccionar ante la pasividad de Del Bosque. A Conte sólo le ganaría desde el banquillo porque la selección azzurra depende del cerebro  de su entrenador. La solución al sudoku planteado fue tejer una telaraña que enmarañase el partido. Si Italia salía con tres centrales, los germanos no le andarían a la zaga. Pocos países tienen una columna vertebral tan erguida como la alemana, ni siquiera la destartalada Francia. Desde ahí maniobró el jaque un Löw que tampoco se atreve a traicionar del todo las costumbres teutones. La grada de Munich se cansó de Guardiola porque no asimilaban que la pelota tuviese que entrar hasta la cocina. Joggi (así apodan al seleccionador alemán) experimentó con falsos nueves al principio de la Eurocopa, y pronto se dio cuenta que necesitaba un boya (Mario Gómez) en el punto de penalti. Muy alemana la idea. Khedira era el titular innegociable del entrenador durante muchos años; hoy también, pero no tanto. Esta Alemania está funcionando porque Toni Kroos ha recuperado la esencia de sus primeros meses en el Bernabéu. Está siendo el mejor del torneo y su vestuario lo sabe, incluida la azotea privilegiada de Thomas Müller, el Raúl González de este equipo.

 

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