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Un veterano de guerra

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Mariscal sobre el césped y delante de los micrófonos, disfruta de una segunda juventud porque, como su amigo Cristiano, profesa un culto exagerado a su cuerpo que le mantiene en formol. A punto de cumplir una década en el Real Madrid y flamante campeón de la Eurocopa, el madridismo reconoce en Pepe el sucesor más digno de Fernando Hierro, y eso son palabras mayores. A sus 33 años le han intentado jubilar y defenestrar por esa fama de leñero, pero desde hace tiempo el central decidió devolver fuego cruzado en el campo, no ante la prensa. Sólo así se explica que siga siendo letal al cruce, expeditivo con el balón en los pies y reparta pólizas de seguro entre unos compañeros que suspiran de alivio cuando miran de reojo a la defensa. No importa que su carrera toque a su fin, Pepe es un seguro de vida porque, como suele decir Manolo Sanchís, “los centrales son mejores cuando rondan la treintena y tienen mil batallas que contar”. Desde luego, el portugués podría escribir su autobiografía desde que Pedja Mijatovic convenció al entonces presidente Ramón Calderón para que desembuchase la friolera de 30 millones por un defensa anónimo. Ante la incomprensión de la opinión pública, Mijatovic se enorgulleció del fichaje diciendo que “treinta millones serán poco para lo que costará Pepe en unos años”. Ningún ingrato, entre ellos quien escribe, se ha atrevido todavía a llamar al ex director deportivo para rendirle pleitesía.

Pepe, aquel central que sufría “enajenaciones mentales transitorias” (TV3 dixit) y al que había que negarle eternamente el perdón por su violenta escena en la espalda de Casquero, entendió a la fuerza que duraría poco en el Madrid en esa versión de Doctor Jekyll y Mister Hyde. Tan pronto dirigía a su defensa en armonía como se embarraba hasta el cuello en un juego de alcantarilla que sólo las cámaras captaban (Diego Costa lo sabe bien). Quizás el club nunca le vendió por su sublime condición atlética y esa pose terrorífica que achanta a cualquier delantero. Perdió su virginidad durante el ‘rally de los clásicos’, aquellos Madrid-Barça con Mourinho en el banquillo y el Messi más eléctrico de los últimos tiempos. Ahí estaba él para frenar a D10S a tumba abierta, por lo civil o lo criminal. Como debe ser en un central jerárquico. Sin portal el brazalete de capitán, las generaciones de Valdebebas escuchan al veterano de guerra que, sin haber mamado el Madrid de Juanito o la ‘Quinta del Buitre’, se declara madridista de sangre. Pepe se ha ganado la Medalla de Honor del Congreso porque aterrizó en Vietnam como un paracaidista sin brújula, y nueve años después, la lista de jugadores que le “deben la vida” da la vuelta a la manzana. Que se lo pregunten al vestuario de Portugal, tan apesadumbrado por la lesión de Ronaldo durante la primera parte de la final, como extasiado por la majestuosa omnipresencia de su central. “Fuimos unos guerreros en la batalla”, explicó el jugador que no entiende de galácticos ni vedettes, sino de merengues currantes que, como Mel Gibson y Rene Russo en Arma Letal, presumen de heridas de pelea callejera. Es el fútbol de Pepe y que, desmintiendo leyendas populares, sobreexcita al Bernabéu.

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