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Dos entran, uno sale

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Dos entran, uno sale, como en la Cúpula del Trueno de Mad Max. Es la eterna pelea por el puesto más codiciado de un equipo. Y no es el goleador. Luis Enrique maneja una elección tan volátil como seguir alternando a dos de los mejores porteros del momento o hacer caso de la vieja escuela y apostar todo a la bola roja. Por merecimientos, Claudio Bravo dio media final a Chile en la Copa América con dos intervenciones sublimes y ha ganado las dos Ligas que ha disputado. Firme debajo de los palos, su mandato es parar con los guantes, primero, y dominar sus botas, después. Expeditivo, entrena el pase corta a su primer defensa y también el patapum p’arriba (guiñol de Javier Clemente dixit) en circunstancias inevitables. Bravo es capitán de un país campeón que no entendería una suplencia gratuita. Apenas canta, controla el mano a mano con infinitos tentáculos que empequeñecen la portería y repele cabezazos magistrales. Lucho no debería encontrar motivos para romper costumbres.

Al otro lado del ring, Ter Stegen, el sofisticado guardameta alemán que parece haber mamado la escuela cruyffista. Lleva guantes, pero podría pasar por centrocampista elegante. Sus reflejos no le suelen traicionar, pero sí esas jugadas poco ortodoxas que buscan sobreexcitar a la grada. Vino del Moenchengladbach porque el Barça necesitaba una garantía en la portería que no envejeciera. Él estaba preparado para el gran reto, pero le trajeron a Bravo y Luis Enrique optó por la decisión salomónica. El chileno jugaría todos los fines de semana para mantener su regularidad, y a Stegen le regalaba la competición de los mayores, en la que un fallo te manda a casa. Cometió uno grosero en París durante la primera fase de su primera Champions, y se resarció en aquella semifinal contra el Bayern de Guardiola, en la que fue pesadilla de Lewadowski. Los balones a quemarropa son su especialidad, los regates suicidas su debilidad y los balones aéreos un calvario que necesita demasiado entrenamiento. “El portero del futuro” fue el eslogan que le colgó Zubizarreta, entonces director deportivo, para olvidar rápidamente la sospechosa salida de Víctor Valdes. Llegó a Barcelona entre un aluvión de odiosas comparaciones: de Zubi a Valdés y de éste a Ter Stegen. Por el camino, porteros espantapájaros y guitarristas de club de la comedia. Zubi le trajo porque la fiabilidad alemana vende, y mucho. Salvo aquel Timo Hildebrand del Valencia que, en efecto, fue un timo en toda regla. Desde siempre, el Barça ha jugado en campo contrario, con la zaga en la medular y la necesidad de que cualquier portero bordease el precipicio de José Francisco Molina, el escurridizo arquero del Atlético de Madrid que salvaba media docena de ocasiones por jugar a cuarenta metros de su portería. Ése es el Ter Stegen que prefiere controlar un balón con el pecho a blocar con las manos.

Suplente de Alemania, la sombra de Neuer se puede alargar hasta la posteridad. Stegen necesita jugarlo todo porque está en fase de crecimiento, y así lo transmitió en las oficinas del club esta semana. Y como en estos casos, el fuego cruzado de versiones interesadas se dispara sin piedad, nadie sabe a ciencia cierta si amenazó con ultimátum o sólo pidió una explicación para imaginarse en su cabeza el panorama de esta temporada. Dicen (nunca se sabe quién) que Guardiola le espera en Manchester porque no se fía del cantarín Joe Hart. Esto último es información, lo primero simple palabrería. O no. Pero el Barça no vende a su “portero del futuro” porque si el alemán puede con la presión de Bravo, no habrá copia de las llaves de la portería. Sin embargo, el chileno viene más emocionado que nunca, habiendo vencido a Messi en dos finales consecutivas y con el desafío de jugar Europa. La Liga no es consuelo. El Real Madrid no rota porteros, ni el Bayern, ni el United, ni el Atlético, que también tiene a dos muy buenos. Dos entran, uno sale.

  

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