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Cafetero sin ínfulas galácticas

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Él quiere quedarse, el presidente le quiere retener y su país le suplica que emigre. James Rodríguez, ídolo de barro en el Bernabéu y de masas en Colombia, no quiere se recordado como otro pufo de dimensiones bíblicas (de momento, Kaká se lleva el dudoso honor). Ya no arrastra esa silueta ensanchada de la que sospechó Colombia, y su azotea quizá no esté tan bien amueblada como la de Rafa Nadal, pero tampoco precisa del diván de un psicólogo. James ha captado que su futuro en el Real Madrid depende de esta temporada; merece otra oportunidad porque su P.V.P pesa demasiado (80 kilos en concreto) y sus patrocinadores le insisten que pelee. Para el marketing, no es lo mismo jugar de blanco que con cualquier otro color; si acaso, el Manchester United. Por delante, los 110 metros valla para la titularidad: de repente ha aparecido en escena Marco Asensio, invitado sorpresa que ha sudado en una pretemporada las mismas camisetas que James en un año. Además, permanece Isco, su competidor natural, de ritmo guadiano (aparece y desaparece) pero que genera en la grada intriga con el balón en los pies. El mejor James tumbaría las dudas; el de ahora es carné de todos esos tiburones que huelen la sangre con cualquier fichaje elegido a dedo por Florentino Pérez.

Necesitado de cariño, James se aferra a la nostalgia del pasado. Aquel golazo estratosférico a Uruguay en el Mundial de Brasil le valió de pasaporte al Madrid, y lo suele recordar para decirse a si mismo que no puede haber empeorado tanto. El James novato lanzaba tomahawks y pasaba pelotas con escuadra y cartabón; su versión acomodada se despista en los desmarques, calibra mal las asistencias y ha perdido caballos en el motor. “James es un Di María con diez kilos más de peso”, la definición perfecta de Ancelotti hecha realidad. Salvo que antes jadeaba por el campo como un bulldog con tacto, y ahora arrastra grilletes en las botas. El madridismo tuerce el morro porque no tiene paciencia, y en la directiva han sugerido al presidente escuchar cualquier oferta obscena; es decir, de cincuenta para arriba. Sonó como jugador de Balón de Oro y la exageración se lo comió: se dispersó cuando se sintió estrella del star system de la capital y estas semanas las afronta como el juvenil que sueña con agradar a su entrenador y salirse de la criba. James ha bajado a la Tierra porque en el Real Madrid los aduladores te meten en un cohete Sputnik directo a la luna. Ha vuelto el cafetero y sin ínfulas galácticas. A eso se le llama un buen principio.

 

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